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Petróleo sucio

EDMONTON – Hoy día, mantener una discusión sosegada sobre temas medioambientales es más o menos igual de difícil que tener un diálogo razonado respecto de la brujería en Massachusetts en tiempos de la colonia británica. Basta pensar en el exagerado debate sobre el proyecto Keystone XL para la finalización de un oleoducto con el que se busca llevar petróleo desde los yacimientos de arenas de alquitrán de la región de Athabasca en el noreste de Alberta (Canadá) hasta refinerías en la costa del golfo de Texas.

El gobierno de Alberta (y las compañías petroleras con influencia sobre él) quieren que en vez de “arenas de alquitrán” se hable de “arenas de petróleo”, aparentemente con la idea de que para callar a los críticos ambientalistas basta cambiar el nombre. Los ambientalistas que se oponen al oleoducto, igual de ingeniosos, hablan de “dirty oil” (petróleo sucio), jugando con la ambivalencia de la palabra dirt en inglés: “suciedad”, pero también “suelo” o “tierra” (de donde se extrae el petróleo). Comprensiblemente, los que asisten al debate no saben si son más torpes las estratagemas publicitarias de los unos o los juegos de palabras de los otros.

Pero aunque desmañados, ambos intentos tienen su punto de razón. Las arenas alquitranadas forman depósitos de cientos de kilómetros cuadrados de bitumen (betún), un material viscoso y corrosivo similar al alquitrán. El bitumen está impregnado en la superficie del suelo o, allí donde intervienen capas finas de compost y sedimentos, un poco por debajo del nivel superficial. Al recoger un puñado de tierra de la orilla de un río, la mano queda más oleosa que alquitranada; además, esa tierra grasienta se parece un poco a la arena.

Aquí queda al descubierto cuál es el verdadero engaño de ambas partes. El desacierto de las petroleras está en olvidar que el bitumen no es petróleo común y corriente. El desacierto de los ambientalistas está en olvidar que la que llenó el suelo de bitumen corrosivo fue la Naturaleza. Si BP hubiera derramado millones de barriles de bitumen sobre una superficie de cientos de kilómetros cuadrados, los ambientalistas tendrían razón en exigir que no se escatimen gastos para eliminar del suelo hasta el último vestigio de petróleo. Pero esto es aplicar la doble vara, porque como todo lo que hace la Naturaleza es (ya lo dice el término) “natural”, entonces está bien.