ghosh27_TONY KARUMBAAFPGettyImages_africa farm Tony Karumba/AFP/Getty Images

Por qué la revolución verde perjudica al África

NUEVA DELHI – El comité noruego del Nobel otorgó el premio Nobel de la paz de este año al Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas y declaró que su intención es que «el mundo dirija su mirada hacia los millones de personas que sufren o enfrentan la amenaza del hambre». Esos números son mayores que nunca y el sistema alimentario mundial es en gran medida el culpable.

Incluso antes de la pandemia de la COVID-19, unos 2000 millones de personas sufrían inseguridad alimentaria y cerca de 750 millones enfrentaban hambre crónica o severa. Las crisis sanitaria y económica que estallaron en 2020 empeoraron la situación mucho más aún, en parte por su impacto sobre la provisión de alimentos, pero todavía más por la creciente desigualdad y la pérdida del sustento que sufrieron personas ya vulnerables.

Esta situación era, y es, evitable. Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la ONU incluyen la erradicación del hambre para 2030. Este objetivo, el ODS2, es realmente posible: el mundo ya produce suficientes alimentos para cubrir las necesidades nutricionales básicas de todos los habitantes del planeta, pero el sistema alimentario mundial estaba ya muy roto antes de la pandemia. Gran parte de la producción de alimentos es insostenible. Tanto los alimentos como los ingresos pecuniarios están distribuidos de manera tan desigual que miles de millones de personas no pueden permitirse una alimentación sana y equilibrada. Y las corporaciones mundiales de alimentos han sesgado tanto la producción como la distribución en detrimento de los pequeños productores y los consumidores finales.

La desigualdad en el acceso a los alimentos es evidente entre los países y al interior de ellos, aun cuando abundan las irracionalidades en las cadenas de aprovisionamiento. Con excesiva frecuencia, las materias primas de una región son enviadas al otro lado del mundo para procesarlas con conservantes químicos y luego transportarlas de regreso para su consumo a sus lugares de origen o cerca de ellos.

Uno de los motivos por los cuales el mundo no está actualmente encaminado para alcanzar el ODS2 es debido a que los responsables de las políticas hicieron un mal diagnóstico del problema: en vez de enfatizar la producción de alimentos sostenible y equitativa (y más local y diversificada), se centraron en aumentar la productividad industrial y la «eficiencia» de las cadenas de aprovisionamiento mediante la reducción de costos. Esto llevó a un énfasis excesivo en los rendimientos, insuficiente atención al contexto agroecológico y los requisitos nutricionales locales, y fuertes incentivos para la agricultura basada en productos químicos.

Un ejemplo de este enfoque es la Alianza para una Revolución Verde en África (AGRA, por su sigla en inglés), una iniciativa lanzada en 2006 por la fundación Bill & Melinda Gates y la Fundación Rockefeller. Los programas de la AGRA fomentan el uso de semillas comerciales de alto rendimiento, fertilizantes sintéticos y pesticidas químicos en un modelo monocultivo para aumentar el rendimiento por hectárea. Sorprendentemente, los partidarios de este enfoque parecen desconocer en gran medida que los proyectos similares en países en vías de desarrollo de Asia ya habían producido, en el mejor de los casos, resultados dispares a mediano plazo y que a menudo estuvieron asociados con grandes problemas ecológicos.

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El objetivo inicial de la AGRA era duplicar los ingresos de los hogares de 20 millones de pequeños granjeros africanos para 2020 y a reducir a la mitad la inseguridad alimentaria en 20 países gracias a mejoras en la productividad, luego adoptó metas más ambiciosas: duplicar los rendimientos e ingresos de 30 millones de familias de agricultores para 2020. Pero ahora que se acerca la fecha límite, la AGRA corrió el arco y promete metas mucho más modestas: aumentar los ingresos (sin especificar en cuánto) y mejorar la seguridad alimentaria de 30 millones de hogares de pequeños agricultores en 11 países africanos para 2021. En una reciente respuesta a las críticas, la AGRA se mostró incluso más cauta y afirmó que su meta es llegar a solo 9 millones de granjeros de manera directa y a los 21 millones restantes de manera indirecta (aunque no queda claro qué significa eso).

A pesar de haber reducido sus metas, la AGRA todavía no brindó información sobre sus avances hasta el momento. No hay entonces estimaciones confiables sobre el aumento en los rendimientos, ingresos netos y seguridad alimentaria de los granjeros. Pero algunos investigadores independientes llegaron a conclusiones preocupantes en un reciente estudio basado en datos a nivel nacional sobre la producción, el rendimiento y las superficies cultivadas de las especies alimenticias más importantes en los 13 países principales en los que actúa la AGRA. El informe halló escasa evidencia de aumentos significativos en el ingreso de los pequeños productores o de la seguridad alimentaria y llegó a la conclusión de que la cantidad de personas que sufren hambre en los países de la AGRA había aumentado un 30 %. (La AGRA dijo que este análisis está «profundamente sesgado», pero no ofreció datos que lo desmientan).

En cuanto a la productividad, el estudio halló que el rendimiento de los cultivos de primera necesidad en los países del AGRA solo aumentó el 1,5 % anual en promedio durante los primeros 12 años de funcionamiento de la organización; prácticamente al mismo ritmo que en los 12 años anteriores a su fundación. El aumento de la productividad se redujo en 8 de los 13 países y, de hecho, en 3 de ellos los rendimientos cayeron. Incluso en países donde la producción de cultivos de primera necesidad aumentó sustancialmente —como en Zambia, donde la producción de maíz fue más del doble, principalmente por el aumento del área sembrada— la pobreza y el hambre entre los pequeños productores fueron muy elevadas.

Más aún, el informe mostró que los resultados adversos asociados con las prácticas de la Revolución Verde en otros sitios también fueron evidentes en los países de la AGRA. El uso del suelo pasó de cultivos tradicionales más nutritivos y resistentes al clima, como el sorgo y el mijo, al maíz «de alto rendimiento», que exige a los granjeros la compra de semillas más caras y a menudo lleva a su endeudamiento. El monocultivo y el uso intensivo de productos químicos (como fertilizantes derivados del petróleo) llevaron a la acidificación del suelo y a otros problemas ecológicos que afectan la agricultura futura. El monocultivo también redujo la diversificación y los nutrientes en la alimentación por la reducción de cultivos de primera necesidad como la mandioca y la batata (también llamada boniato o camote).

Como sostuvo Jomo Kwame Sundaram, esos programas de la Revolución Verde tienen fallas fundamentales porque solo consideran la nutrición en términos del consumo total de calorías y no reconocen el valor nutricional superior de una dieta diversa. Esto último requiere una variedad de cultivos, más adecuados a la región y el clima, pero el este apuro por fomentar supuestas prácticas «nuevas» lo descarta.

La pandemia y el cambio climático actual debieran habernos enseñado la importancia de fomentar la resiliencia. Desafortunadamente, en vez de mejorar los ingresos de los pequeños granjeros, los esfuerzos bienintencionados para mejorar la seguridad alimenticia en África y otros lugares están aumentando su dependencia de los agronegocios mundiales y la fragilidad de los sistemas agrícolas, y reduciendo su resiliencia.

Traducción al español por www.Ant-Translation.com

https://prosyn.org/B2i8Yozes