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La globalización y su efecto estabilizador en los países pobres

La globalización no cesa de recibir acusaciones de generar inestabilidad económica en los países en desarrollo y exacerbar notablemente la pobreza, al menos en el corto plazo, que es el periodo más largo al que los pobres del mundo se pueden dar el lujo de prestar atención. Los críticos apuntan a la cadena de crisis económicas en África, Asia y América Latina en los últimos años, a menudo atribuyéndolas a los organismos prestatarios multilaterales y sus exigencias de liberalizar completamente el comercio exterior y los flujos de capitales, avanzar con las privatizaciones y demostrar austeridad fiscal.

Pero el encarnizado debate acerca de la globalización suele pasar por alto una característica cada vez más importante que en la actualidad hace que la vida sea mejor y más estable para las personas pobres de los países en desarrollo: los millones de migrantes que envían dinero a sus lugares de origen. Los datos sobre las familias de países en desarrollo que reciben dinero de parientes que trabajan en el exterior demuestra en forma directa que al menos un elemento de la globalización, la migración, aumenta la estabilidad económica en los países pobres.

Los migrantes de los países en dificultades de América Latina, el Sudeste Asiático y otras regiones obtienen cada vez más trabajos con salarios que, si bien bajos para los estándares de un país rico, son mucho más altos de lo que pudieran llegar a imaginar en sus países de procedencia. En 2001, los trabajadores provenientes de países de ingresos bajos y medios enviaron a sus hogares la notable suma de $43 mil millones, lo que significa más del doble del nivel de una década atrás y $5 mil millones más que el total de la ayuda extranjera oficial a estos países.

Los trabajadores migrantes pueden enviar dinero a sus países de origen por una variedad de razones: para mantener buenas relaciones familiares, para asegurarse una herencia, o para pagar un préstamo de sus mayores. Cualquiera que sea el motivo, las así llamadas "remesas" (el dinero que los trabajadores envían a países como Colombia, Haití, Jamaica, México o Bangladesh) funcionan como una red de seguridad que los gobiernos de estos países por lo general necesitan, pero no pueden proporcionar.