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Ayudemos a los pobres a ayudarse

HELSINKI – Uno de los primeros resultados de la recesión global actual es que muchos gobiernos donantes están recortando sus programas de asistencia externa. Antes de tomar posesión, el presidente Barack Obama había prometido duplicar la asistencia externa estadounidense de 25 a 50 mil millones de dólares, pero el vicepresidente Joe Biden ha advertido que este compromiso tal vez se cumpla más lentamente debido a la crisis.

Aquí en Finlandia nuestra ayuda disminuyó 62% a principios de los años noventa, un período que los finlandeses todavía llaman “la depresión”. La ayuda externa de Japón cayó 44% cuando ese país tuvo problemas. La crisis mundial actual podría originar un recorte de la asistencia oficial para el desarrollo del 30%.

También es fácil predecir que los gobiernos donantes examinarán con cuidado los gastos crecientes de las 14 operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU en todo el mundo. El importe total de las operaciones de la ONU desde mediados de 2007 hasta mediados de 2008 fue de 6.7 mil millones de dólares, alrededor del doble de su nivel hace 15 años. Podemos imaginar las graves consecuencias si se suspenden esas operaciones, que ya carecen de recursos. Recordemos que una falta similar de entusiasmo para financiar la misión de la ONU en Rwanda precedió al genocidio en ese país. Los acontecimientos recientes en el Congo y otros lugares indican que no es momento para la complacencia.

Pero la mayor transferencia de activos de los países ricos al mundo en desarrollo, por mucho, se hace mediante las remesas de los trabajadores migratorios. Pocos de quienes toman las decisiones se dan cuenta de eso. En 2006, alrededor de 150 millones de migrantes enviaron aproximadamente 300 mil millones de dólares a sus familias en los países en desarrollo. El número de transacciones es enorme; se calcula que hay 1.5 mil millones de operaciones al año. La mayoría son por cantidades de sólo 100 a 300 dólares y normalmente se dedican de inmediato al consumo.