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Health Food Truths

La pasta con “bajo contenido en hidratos de carbono” forma parte de una categoría de alimentos naturales conocidos en el ramo como “males menores”: alimentos con menor cantidad de calorías no deseadas, grasa, grasas artificiales, azúcares, sal o hidratos de carbono. Ahora existe toda una industria de esa clase de productos, además de alimentos clasificados como “naturales”, “orgánicos” y “funcionales”. Pero, ¿de verdad son mejores esos alimentos para nuestra salud?

En los Estados Unidos, “orgánico” tiene un significado preciso establecido por el Departamento de Agricultura de ese país. Sin embargo, “natural” significa lo que quiera que el productor o elaborador de alimentos diga que significa. Los llamados alimentos “funcionales” –o “tecnoalimentos” – son aquellos a los que los fabricantes añaden aceites omega-3, edulcorantes artificiales, almidones indigeribles, reductores del colesterol, proteínas de soja o de leche (suero), substancias fitoquímicas y otros ingredientes para que puedan anunciar sus propiedades “saludables” conforme a los requisitos de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de los E.UU.

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Las ventas de alimentos funcionales y de “males menores” han ido muy bien en los últimos años, pues en 2004 ascendieron a unos 85.000 millones de dólares en los Estados Unidos. Quienes compran habitualmente esa clase de alimentos son los consumidores de las llamadas “formas de vida saludables y sostenibles”: la preciada base demográfica de la industria de los alimentos naturales. Son los que compran productos con bajo contenido en hidratos de carbono, tabletas nutritivas y energéticas, alimentos y bebidas enriquecidos con vitaminas y minerales, alimentos a base de soja y prácticamente cualquier cosa que se anuncie como “saludable”.

Como muchas personas, yo pensaba que en el sector de los alimentos funcionales predominaban empresas pequeñas e innovadoras. En realidad, la participación en ese mercado de PepsiCo asciende al 25 por ciento con productos como los cereales Quaker y los zumos enriquecidos Tropicana, que se ajustan a los requisitos de la FDA para esa clase de alimentos. La participación de Coca-Cola, General Mills, Kellogg, Kraft, Nestlé y el Groupe Danone oscila entre el 4 y el 7 por ciento del mercado.

El control del mercado por esas empresas es comprensible, si tenemos en cuenta lo que venden. Los alimentos funcionales más populares son refrescos, bebidas deportivas, cereales para el desayuno, piscolabis, tabletas energéticas y zumos. Las tres cuartas partes, aproximadamente, de los cereales para el desayuno se anuncian como “saludables” gracias a los cereales integrales o la fibra que se les han añadido para volverlos “funcionales”.

Además, como escribió en 2004 Nancy Childs, profesora de una escuela de administración de empresas, en Nutrition Business Journal , los alimentos funcionales para la obesidad, por ejemplo, prometen a sus fabricantes “una doble recompensa”: cumplir los requisitos de los alimentos “saludables” y la posibilidad de su reembolso con cargo al programa Medicare como tratamiento para enfermedades. También aportan “un saldo a las carteras de productos de las empresas alimentarias, con lo que limitan el pasivo y la responsabilidad empresariales en los frentes legal y de valoración de las acciones, respectivamente”: referencia a las posibles reclamaciones contra las empresas en el sentido de que puedan causar obesidad o mala salud.

Pero muchos de esos productos se componen básicamente de agua y azúcar o son alimentos azucarados, equivalentes a las galletas, a los que se han añadido o extraído ingredientes para que gusten a los consumidores de “formas de vida saludables y sostenibles”, quienes, de lo contrario, no los comprarían. Un laboratorio privado, ConsumerLab.com, descubrió que casi ninguna de las “aguas vitaminadas” que analizó contenía lo que anunciaban sus etiquetas y algunas tenían sólo entre el 20 y el 50 por ciento de las cantidades de nutrientes enumerados.

Asimismo, la mitad de las grasas de la mayoría de las tabletas energéticas, cuyas ventas anuales ascienden a 2.000 millones de dólares, son saturadas y algunas son artificiales. Muchas tabletas destinadas a personas que deben reducir los hidratos de carbono en su dieta presentan indicaciones confusas sobre la cantidad neta de ellos que contienen. Algunas no indican su contenido en alcoholes del azúcar y algunas llevan tanta cantidad de esos aditivos, que por fuerza han de tener efectos laxantes o producir gases. Otras están tan enriquecidas con vitamina A o D, que ConsumerLab recomienda no dárselas a los niños pequeños.

Aun cuando no hubiera yo visto esos resultados y advertencias, no comería tabletas energéticas, que, según la revista Consumer Reports , tienen un sabor “arenoso, terroso o químico”.

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Estoy de acuerdo. Cuando pregunto a amigos y colegas por qué compran esas tabletas, contestan: “Porque sé que son sanas y no me importa su sabor”. Pues a mí, sí. No veo qué sentido tiene comer indigestos hidratos de carbono complementados con vitaminas y fibra y con sabor a edulcorantes artificiales. Si creo que necesito más vitaminas, prefiero tomar un suplemento multivitamínico. Si necesito cien calorías, más o menos, rápidamente, prefiero un plátano, un puñado de frutos secos o –para el caso es lo mismo– una deliciosa chocolatina.

Con esto no quiero infravalorar algunos de los “males menores”: la leche y el yogurt desnatados, por ejemplo. Pero la mayoría de los alimentos que se presentan como “saludables” plantean la misma cuestión que los caramelos complementados con vitaminas: ¿añadirle vitaminas hace que un alimento sea mejor para la salud? Los alimentos de verdad saludables no necesitan que se los vuelva funcionales para que sean buenos para la salud. Son funcionales tal y como son.