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Salud, Riqueza y Malaria

La salud y el desempeño económico están interrelacionados. La mortalidad de niños en etapas tempranas, la mortalidad infantil en general y la espectativa de vida se correlacionan todas con un ingreso creciente. En cuatro países cualquiera en los que el ingreso promedio anual fue, en 1990, de $600, $1,727, $3,795 y $11,422, la mortalidad infantil fue de 114, 66, 34 y 9 (por cada mil). Conforme se duplica el ingreso, la sobrevivencia de los menores tiende a incrementarse proporcionalmente, una tendencia reflejada en otros cálculos de salud y de riqueza.

Las distintas condiciones de la salud impiden el desarrollo cada cual de forma característica. El SIDA/VIH, por ejemplo, destruye las vidas de los trabajadores en sus años más productivos y deja huérfanos a millones de niños. Este efecto combinado daña a las sociedades durante generaciones, así como desalienta la inversión en el presente.

El impacto económico de la malaria es más insidioso, particularmente en los lugares en donde la transmisión es más intensa. En contraste con el SIDA/VIH, los niños de poca edad son los más afectados, en lugar de los adultos en edad de trabajar. Alrededor de 300 millones de personas adquieren malaria cada año, causando 1.5 millones de muertes, siendo la mayoría de niños pequeños. Los niños que sobreviven a la malaria se vuelven adultos relativamente inmunes. Pero quienes visitan un país infestado de malaria, puesto que no tienen esa inmunidad, comparten los riesgos de los niños locales.

Es precisamente porque la malaria difiere de esa manera de otras infecciones, que su daño económico es tan intenso. Ninguna otra enfermedad es tan prevaleciente, está tan arraigada a la tierra y tiene efectos tan asimétricos en visitantes y residentes. Aunque alguna vez protegió a las personas de las áreas tropicales al ahuyentar a los invasores coloniales, en la actualidad la malaria es una carga para esas mismas personas pues ahuyenta a los inversionistas y a otros extranjeros.