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Reconstruir la política europea

PRINCETON – Muchos europeos tiemblan de sólo pensar que, tal como parece probable, la inminente elección para el Parlamento Europeo se salde con una exhibición de fuerza de los partidos antieuropeístas, que casi seguramente querrán presentarse como los auténticos ganadores. Pero con sólo preocuparse no se resolverá la crisis política de la Unión Europea.

Una crisis que ya es muy profunda. En este momento, los partidos antieuropeístas (el Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, el Partido de la Libertad de Geert Wilders en los Países Bajos y el Partido de la Independencia de Nigel Farage en el Reino Unido) son los que mejor lograron organizarse dentro de una única “familia” política. Eso sucedió a la par que muchos europeos dejaron de confiar en las otras familias ya establecidas (la socialdemocracia, el liberalismo y el bloque del Partido Popular Europeo, PPE).

El problema es que desde hace varios años los fundamentos intelectuales y morales de los viejos partidos europeos vienen sufriendo un desgaste acelerado, debido en parte a su omisión (o su incapacidad) de adaptarse al sistema paneuropeo. A menos que se apresuren a actuar para reposicionarse como representantes creíbles y eficaces de los intereses de los votantes, corren el riesgo de diluirse en el segundo plano de la política y dejar que el centro del escenario vaya siendo ocupado por populistas irresponsables.

Tomemos el caso de la socialdemocracia, cuya misión ha sido, históricamente, facilitar la redistribución de los recursos. Como en Europa esa redistribución se da fundamentalmente en el nivel de cada país (ya que es allí donde existe la autoridad fiscal necesaria), no parece un proyecto apto para Europa en su conjunto.