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¿Democracia de la cañonera?

En cierto sentido, las armas de destrucción en gran escala del Iraq fueron también armas de distracción en gran escala. No cabe duda de que, cuando el Presidente George W. Bush y el Primer Ministro Tony Blair se decidieron por una guerra preventiva, estaban convencidos de que Sadam Husein tenía esa clase de armas o los medios para producirlas. En el caso del Iraq, existía miedo en particular a las armas químicas y biológicas.

Pero las armas de destrucción en gran escala no fueron el único motivo para la guerra. Los dos dirigentes sentían indignación ante un dictador asesino y esperaban que su derrocamiento abriría la puerta a la democracia en el Iraq. Con ello (esperaban) se lograría automáticamente un grado de estabilidad que contribuiría a resolver otros conflictos en la región y también garantizaría un suministro ininterrumpido de petróleo.

Los motivos ambivalentes no son necesariamente malos motivos. De hecho, la mayoría de los motivos humanos son ambivalentes. La verdadera cuestión es la de si la democracia podría haber funcionado y, además, si los cohetes y los tanques son el método idóneo para llevar la democracia a un país que ha sufrido un gobierno dictatorial durante un largo período de tiempo.

Los precedentes históricos desempeñaron un papel en la decisión sobre el Iraq, entre otras cosas porque la asesora de seguridad nacional de Bush, Condoleeza Rice, los citó con frecuencia. Un ejemplo es la Alemania nazi. Desde luego, los Aliados no entraron en aquella guerra para llevar la democracia a Alemania. En cualquier caso, fue Alemania la que inició la guerra. Los Aliados defendieron a aquellos para con los que estaban obligados por tratados y, además, la integridad de sus países.