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Maquiavelo en las ruinas de Greensill Capital

PRINCETON – El colapso de Greensill Capital —una empresa de servicios financieros con sede en Londres— ofrece una advertencia oportuna, aunque costosa, sobre varias tendencias actuales. Claramente conviene tomar con cautela la fanfarria que rodea a la innovación financiera, pero también hay que prestar más atención al turbio mundo del cabildeo corporativo, la regulación del riesgo y otras cuestiones que residen en la intersección del capitalismo y el gobierno.

Supuestamente Greensill trató de que el ex primer ministro británico David Cameron convenciera al gobierno saudita de presionar a los inversores para que aportaran más fondos a SoftBank, para que SoftBank, a su vez, pudiera dar un mayor apoyo financiero a Greensill. Luego, cuando la pandemia había ya comenzado, se dijo que Cameron hizo lobby para que Greensill obtuviera acceso a préstamos de emergencia y presionó al Servicio Nacional de Salud (NHS) para que adoptara una aplicación de Greensill para pagar al personal del NHS diariamente en vez de en forma mensual.

Pero que Greensill ofreciera una aplicación de pagos avanzados no implica que fuera un innovador financiero genuino. En realidad, sus actividades de financiamiento se limitaban en gran medida a una empresa muy centrada en el acero: GFG Alliance, del empresario indio Sanjeev Gupta.

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