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¿Producto interior verde?

SANTIAGO – Uno de los asuntos recurrentes en la espectacularmente fracasada cumbre Río+20 de las Naciones Unidas, celebrada en junio, fue la necesidad de cambiar la forma como medimos la riqueza. Muchos sostienen que debemos abandonar nuestra “obsesión” con el producto interior bruto y crear una nueva norma contable “verde” para substituirlo. En realidad, hacerlo podría ser un grave error.

En realidad, el PIB es simplemente una cuenta del valor de mercado de todos los bienes y servicios. Parece un buen indicador de la riqueza, pero, como con frecuencia se señala, incluye cosas que no nos hacen más ricos y deja fuera otras que sí que lo hacen.

Por ejemplo, si no se compensa a las personas por los daños causados por la contaminación, no se incluirán sus efectos perjudiciales en el PIB. Si pagamos para limpiar la contaminación, con ello aumenta el PIB, pero no se ha creado riqueza. Asimismo, cuando las aguas residuales resultan limpiadas de forma natural por los humedales, se produce un valor económico, pero no ha habido transacción alguna, por lo que no se computa en el PIB.

Vale la pena tener en cuenta esas limitaciones del PIB como medida de la riqueza y podría tener sentido crear un PIB mejor, al que se añadieran los beneficios no contabilizados, del que se substrajesen los costos de las externalidades y se excluyeran las actividades que no crean riqueza. Lamentablemente, muchas de las substituciones “verdes” propuestas, por muy bien intencionadas que sean, pueden no abordar esas limitaciones adecuadamente y podrían dar, en realidad, resultados peores.