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El voto de Grecia a favor de la soberanía

CAMBRIDGE – Los acreedores y deudores han estado enfrentados desde que el dinero empezó a cambiar de manos, pero pocas veces se han dado esos problemas en un marco tan claro –y de forma tan pública– como en el referéndum griego recién celebrado.

En una votación celebrada el 5 de julio, el electorado griego rechazó rotundamente las exigencias de una mayor austeridad por parte de los acreedores extranjeros del país: el Banco Central Europeo, el Fondo Monetario Internacional y los demás Estados de la zona del euro, encabezados por Alemania. Sean cuales fueren las consecuencias económicas de esa decisión, la voz del pueblo griego sonó bien alta y clara: no vamos a soportarlo más.

Sin embargo, sería un error considerar el voto de Grecia una victoria total de la democracia, pese a lo que el Primer Ministro del país, Alexis Tsipras, y sus partidarios gustan de afirmar. Lo que los griegos llaman democracia da la impresión en muchos otros países –igualmente democráticos– de ser un unilateralismo irresponsable. En realidad, existe poca comprensión para con la posición griega en otros países de la zona del euro, donde referéndums similares mostrarían sin lugar a dudas un apoyo público abrumador a la continuación de las políticas de austeridad impuestas a Grecia.

Y no son sólo los ciudadanos de los grandes países acreedores, como, por ejemplo, Alemania, los que tienen poca paciencia con Grecia. La exasperación está particularmente generalizada entre los miembros más pobres de la zona del euro. Si preguntamos a un ciudadano medio de la calle de Eslovaquia, Estonia o Lituania al respecto, es probable que recibamos una respuesta no demasiado diferente de esta de un pensionista letón: “Nosotros hemos aprendido la lección: ¿por qué no pueden hacerlo también los griegos?”