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La mina de oro de las compras públicas

WASHINGTON, DC – El oro es escaso. Más del 99,9% de la corteza terrestre está compuesto por óxidos de silicona, aluminio, calcio, magnesio, sodio, hierro, potasio, titanio y fósforo, así que a través de la historia cada descubrimiento de oro ha causado gran revuelo. A pesar de las graves consecuencias ambientales que conlleva la explotación del oro - entre ellas la contaminación con mercurio y cianuro y la devastación ambiental - el hombre no ha cesado en su búsqueda y es dudoso que lo haga.

Sin embargo, casi todos los países tienen una mina de oro figurativa - que es más segura y por lo menos tan lucrativa como la verdadera - pero que pocos explotan plenamente: las adquisiciones públicas.

Las posibles consecuencias adversas de las compras públicas son bien conocidas. Estas pueden permitir que los suplidores cobren precios excesivos por productos de baja calidad y servicios poco confiables, y al mismo tiempo facilitar la corrupción, los abusos de poder y el desperdicio.

Para atenuar estos riesgos, la mayoría de los países requieren licitaciones abiertas y reglas de transparencia. De hecho, en la mayoría de los últimos acuerdos de libre comercio se exige que los gobiernos de los países signatarios abran sus licitaciones a empresas de los otros signatarios; y el Banco Mundial publica los nombres de las firmas que por fraude o corrupción no pueden participar en licitaciones para proyectos financiados por el banco. Los países que rehúyen las licitaciones abiertas terminan con los hurtos a gran escala que se han documentado en Venezuela y que casi ciertamente ocurrieron en Ucrania bajo el ex presidente Viktor Yanukovych.