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Buenas políticas para grandes países

NUEVA YORK – Estamos en un período prolongado de transición internacional, que comenzó hace más de dos décadas con el fin de la Guerra Fría. Esa era de rivalidad estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética dio lugar a otra en la que Estados Unidos poseía mucho más poder que cualquier otro país y gozaba de un grado de influencia sin precedentes.

El momento unipolar norteamericano ha dado lugar a un mundo al que se podría describir mejor como no polar, en el que el poder está ampliamente distribuido entre casi 200 estados y decenas de miles de actores no estaduales que van desde Al Qaeda hasta Al Jazeera, y desde Goldman Sachs hasta las Naciones Unidas.

Pero lo que distingue las eras históricas entre sí no es tanto la distribución del poder sino el grado de orden entre los estados y dentro de ellos. El orden nunca surge así porque sí; es el resultado de esfuerzos conscientes por parte de las entidades más poderosas del mundo.

Si bien es cierto que Estados Unidos sigue siendo el país más poderoso del mundo, no puede mantener, y mucho menos expandir, la paz y la prosperidad internacional por sí sólo. Está extralimitado en su capacidad, depende de masivas importaciones diarias de dólares y petróleo y sus fuerzas armadas están inmersas en conflictos demandantes en Afganistán e Irak. Estados Unidos carece de los medios y del consenso político para absorber mucho más en el terreno de la responsabilidad global. También carece de los medios para obligar a los demás a seguir su posición de liderazgo.