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La solidaridad mundial en salud está en una encrucijada

KIGALI – Hace una década, la comunidad mundial se unió para declarar que el lugar donde las personas viven  no debería determinar si iban a vivir o morir a momento de enfrentar el flagelo del SIDA, la tuberculosis o la malaria.

Este acto de solidaridad, sin precedentes en la historia de la humanidad, condujo a avances revolucionarios en la promoción del cuidado de la salud como un derecho humano. El Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria, junto con el Plan de Emergencia del Presidente de Estados Unidos para el Alivio del SIDA (PEPFAR), en verdad cambiaron el curso de la historia. Los programas apoyados directamente por el Fondo Mundial han salvado casi ocho millones de vidas desde el año 2002, un promedio de más de 4.400 vidas cada día.

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No obstante, a pesar de que se ha logrado mucho, aún queda mucho más por hacer, y el Fondo Mundial necesita por lo menos $2 mil millones para revertir una inmovilización de fondos que está en vigor hasta el año 2014. Así que ahora el mundo está a la espera de ver si los gobiernos darán un paso adelante y llenarán el vacío.

Hablando sin rodeos, muchas de las economías más grandes del mundo no están cumpliendo con sus compromisos financieros con el Fondo. Sus políticos aducen restricciones presupuestarias y la necesidad de priorizar programas nacionales por encima de los de lucha contra enfermedades que de manera desproporcionada matan a los más pobres del mundo.

Mi país, Ruanda, ha sido beneficiario de subvenciones del Fondo Mundial desde el año 2002. Apenas 18 años atrás, nuestra sociedad se encontraba desgarrada por un genocidio brutal que mató a más de un millón de personas. En la actualidad, Ruanda es un país pacífico, lleno de promesas y esperanzas, y es una de las economías del mundo que crece con mayor rapidez. 

Con el apoyo del Fondo Mundial que llega a nuestras instituciones nacionales, hemos logrado acceso universal al tratamiento antirretroviral que salva vidas para las personas que viven con el VIH, y hemos estabilizado la prevalencia del VIH en una cifra que ronda el 3% de la población. Del mismo modo, el programa de Ruanda para la tuberculosis se ha convertido en modelo en el África, y todas las familias de ruandesas tienen ahora acceso a mosquiteros tratados con insecticida para prevenir la malaria, lo que contribuyó a una disminución del 87% en la cantidad de casos, en el transcurso de los últimos siete años.

La integración de los servicios de atención primaria y enfermedades infecciosas ha contribuido a algunos de los más pronunciados descensos en mortalidad materno-infantil nunca antes vistos. Y, como la esperanza de vida en Ruanda sigue en aumento (de menos de 30 años en el año 1995 a 55 en el año 2010), ahora estamos tomando medidas contra enfermedades no transmisibles, como por ejemplos las cardiopatías, el cáncer y la diabetes. El apoyo, flexible y administrado por el propio país, que proporciona el Fondo Mundial ha sido crucial para nuestro éxito.

Mi país es la prueba viviente de que la inversión en salud no es sólo algo que se debe hacer por ser lo correcto, sino que es algo que crea círculos virtuosos que promuevan seguridad y desarrollo. De hecho, después de recibir el apoyo del Fondo Mundial durante años, Ruanda recientemente hizo su primera donación al Fondo por un monto de $1 millón.

Desafortunadamente, las enfermedades infecciosas están lejos de estar bajo control en todo el mundo. Menos de un veinticinco por ciento de los niños del mundo que viven con el VIH tienen acceso al tratamiento, y hasta un millón de personas aún mueren de malaria cada año. Y, de forma alarmante, sólo uno de cada seis pacientes con tuberculosis farmacorresistente actualmente recibe tratamiento adecuado. Además, recientemente han surgido informes provenientes de la India que dan cuenta de “tuberculosis totalmente farmacorresistente”.

Las personas encargas de formular políticas deberían recordar que tan sólo se necesita un vuelo en avión para que tales patógenos se difundan a nivel mundial. Las enfermedades infecciosas no respetan ni fronteras nacionales ni, lo que sería conveniente, entran en recesión cuando las economías lo hacen. La historia ha demostrado que retirarse de la lucha contra una epidemia puede conducir a una plaga renovada que es inmune a nuestros mejores medicamentos, lo que hace que se requieran medidas mucho más costosas para controlarla.

Nuestra opción no podría ser más clara: ya sea nos decidimos a contestar la llamada de la historia y proporcionamos al Fondo Mundial los recursos que necesita, o permitimos que el cansancio político menoscabe una década de progreso y que se condene a morir a miles de miles de personas por muertes que podrían ser evitadas. Invertir ahora, al contrario, dará frutos en el largo plazo: sólo $6 mil millones más por año en el programa de respuesta al SIDA ahora, ahorraría más de $40 mil millones en tratamientos, mismos que serían evitados durante el transcurso de la próxima década.

El respeto que tiene la comunidad internacional por la salud de los más pobres del mundo en un periodo de incertidumbre financiera será el estándar con el cual la historia califique no solo nuestra habilidad de unirnos para hacer frente a desbarajustes económicos, sino que también califique nuestra capacidad de actuar con justicia.

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Ahora es el momento en el que los países donantes, entre ellos países de bajos y medianos ingresos, se pongan a la altura del desafío y garanticen que el Fondo Mundial cuente con los recursos necesarios para aceptar nuevas solicitudes de subvención a la brevedad posible. Los costos de la inacción son moralmente, y económicamente, insostenibles.

Traducido del inglés por Rocío L. Barrientos.