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¿Hay lugar para la gobernanza global?

WASHINGTON, DC – ¿Será la gobernanza global la solución a la mayoría de nuestros problemas económicos? ¿O será una promesa exagerada que distrae la atención de reformas más prácticas, que deberían implementar los gobiernos nacionales? En un artículo reciente, el economista Dani Rodrik, de la Universidad de Harvard, sostiene lo segundo, con buenos argumentos. ¿Está en lo correcto?

Es verdad que la política nacional tiene efecto más directo (bueno o malo) sobre los ciudadanos de cada país. Pero no podemos ignorar los efectos globales de las malas políticas nacionales, cuyos ejemplos más obvios señalados por Rodrik son las emisiones de gases de efecto invernadero y las enfermedades infecciosas: el costo no es sólo para las personas del “país de origen”, sino que también lo pagamos todos los demás.

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Hace décadas que la palabra “globalización” está de moda, y es evidente que estos últimos años algunos (especialmente en la centroizquierda) exageraron la necesidad de una gobernanza global. Esto llevó a otros a promover la búsqueda de alternativas, por ejemplo el “nacionalismo responsable” o la toma de decisiones “intergubernamental” (en vez de supranacional) en la Unión Europea.

Estas propuestas merecen un debate serio. Por ejemplo, deberíamos reevaluar el sistema actual de decisión de tratados comerciales, que tienen que ver cada vez más con cuestiones normativas y de inversión y menos con la eliminación de aranceles y otras barreras a las importaciones. No sorprende que incluso algunos partidarios del libre comercio pongan reparos a tratados donde se permite a grupos comerciales insertar términos que conceden a las corporaciones multinacionales un poder de mercado indebido a costa de la protección de los consumidores.

Pero los pedidos de más gobernanza global no se dieron en el vacío. Es indudable que los países se han vuelto más interdependientes en lo económico y lo social como resultado del comercio, los viajes y las telecomunicaciones, por no hablar de las estructuras corporativas multinacionales y los flujos financieros internacionales. Hoy el intercambio global es más amplio, veloz y omnipresente que nunca.

La globalización puede a veces encontrar obstáculos, como la desaceleración actual del comercio internacional; pero los cambios tecnológicos subyacentes que impulsan la interconectividad seguirán promoviendo un mayor acercamiento entre personas y entre países.

En definitiva es para mejor, porque los grandes desafíos que hoy enfrentamos son de naturaleza global. Los intentos de mitigar los efectos del cambio climático demandarán coordinación global sistemática. Incluso las iniciativas locales (cada vez más importantes para hacer frente al problema) deben ajustarse a un marco de políticas y obligaciones globales convergentes. De lo contrario, la gente no sentirá que sus acciones tienen algún efecto o que aportan a un objetivo compartido, y habrá quienes no se consideren obligados a hacer nada.

Otro desafío global es el tributario, que demanda coordinación internacional para detener una creciente evasión y elusión fiscal. El problema no son sólo los “paraísos fiscales”; también es necesario captar las ganancias corporativas que las empresas mueven de país en país apelando a elaborados expedientes como los “precios de transferencia” y el “traslado de base imponible”, para minimizar sus impuestos.

La disparidad de normas tributarias de los diferentes países dio lugar a un juego que es casi de suma cero para los gobiernos nacionales, que se ven obligados a competir entre sí para asegurarse una tajada mayor de un pastel cada vez menor. El sistema actual da a los países fuertes incentivos para ofrecer cada vez más ventajas impositivas a las empresas que operan en ellos; aun así, siguen igual de expuestos a que les gane otro país, conforme aquellas trasladan sus ganancias declaradas de una jurisdicción a otra.

En la mayoría de los casos, las empresas no hacen nada ilegal al aprovechar la fragmentación del sistema. Pero para poder reducir la desigualdad y financiar los programas de pensiones y atención médica de sus ciudadanos, los países tendrán que cooperar en la implementación de iniciativas de gobernanza global que prioricen un sistema de tributación justo.

El cambio climático y la tributación son sólo dos de las cuestiones que demandan coordinación global, pero la lista sigue. Las políticas monetarias de los grandes bancos centrales que controlan monedas de reserva (como la Reserva Federal de Estados Unidos) pueden provocar importantes efectos derrame, lo mismo que las políticas cambiarias autodestructivas o las normas sobre flujos financieros transfronterizos. En la mayoría de estos casos, el daño va de los países grandes a los pequeños; pero si resultan afectados suficientes países pequeños, el daño agregado puede revertir a las grandes economías (como se vio en la crisis de deuda europea).

Dada la escala de estos desafíos, la única opción es cooperar internacionalmente y fortalecer las instituciones y organismos globales y regionales, como el Fondo Monetario Internacional, la UE y el G20 (que el mes que viene se reunirá en Hangzhou, China). Pero la gobernanza global no es una propuesta excluyente. Cuando las políticas nacionales o locales bastan para resolver un problema, deben ser las aplicadas.

De hecho, el principio de subsidiariedad (por el cual la toma de decisiones debe ocurrir en el nivel más local posible) es esencial para una gobernanza global flexible y funcional. La presencia de marcos de gobernanza global no debe ser nunca excusa para la inacción nacional o local. La política pública es un esfuerzo multinivel y multicanal con dimensiones local, nacional, regional y global. Lo ideal sería que los debates en materia de políticas reconozcan esta realidad.

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También debemos reconocer la urgencia de sostener la fe en la gobernanza global desde otra perspectiva. En Estados Unidos, Asia, Europa y Medio Oriente, un resurgimiento de la política identitaria y el nacionalismo xenófobo amenaza con repetir las grandes tragedias del siglo XX. En estas circunstancias, es necesario reforzar la existencia y atender a las necesidades de una comunidad global, no sólo por razones económicas, sino también para ayudar a garantizar un mundo en paz.

Traducción: Esteban Flamini