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La madre de todas las crisis

PRINCETON – A primera vista, las grandes crisis internacionales de la actualidad no parecen tener mucho en común. Algunas, como el drama de la deuda griega, son desastres económicos; otras, como la implosión de Siria, se caracterizan por la brutalidad y el caos político; y otras son un poco de cada cosa, notablemente la difícil situación de Ucrania. Pero aunque las autoridades tal vez crean otra cosa, no son hechos desconectados. Por el contrario, son reflejo de una crisis de integración y cooperación internacional más profunda.

En los últimos 60 años, el mundo experimentó paz y prosperidad como nunca antes, por una sencilla razón: la integración voluntaria de los países en una comunidad internacional sostenida por reglas y normas compartidas. Pero ahora esta tendencia cedió paso a respuestas fragmentarias a las crisis (trátese de medidas de austeridad o control localizado de daños), basadas en el error de suponer que problemas como los de Grecia, Siria y Ucrania terminarán resolviéndose solos.

Al pretender hacer frente a las crisis con arreglos provisorios, los líderes mundiales parecen haber olvidado lo independiente que se volvió el mundo. La agitación o el estancamiento en una parte de un sistema complejo pueden generar consecuencias desproporcionadas en otras partes; por ejemplo, una crisis de refugiados o un súbito aumento de la desigualdad.

La debilidad económica de Europa (que en parte se perpetuó porque la dirigencia europea se empecinó en ir pateando los problemas para adelante en vez de buscar soluciones integrales) tuvo serias consecuencias para Ucrania, que ahora está al borde de un colapso. Se prevé que a fin de este año la economía ucraniana será 15% menor que en 2013, y su cociente deuda/PIB podría andar cerca de 200%, más que en el peor momento de Grecia. Y la seguridad del este del país se está deteriorando.