Arriesgándolo todo

CAMBRIDGE – Todos los que somos lo suficientemente afortunados de vivir en el mundo desarrollado nos inquietamos por una infinidad de peligros menores –o muchas veces improbables-: carcinógenos en los alimentos, accidentes aéreos y demás. Pero estamos mucho menos seguros de lo que pensamos. Negamos escenarios que podrían causar una devastación tal que hasta si ocurrieran una sola vez sería demasiado.

Mucho se ha escrito sobre los posibles desastres ecológicos que generaría el impacto de las demandas de una creciente población humana en la biósfera, y sobre las tensiones sociales y políticas que surgirían como consecuencia de la escasez de recursos o el cambio climático. Inclusive más preocupantes son los aspectos negativos de las nuevas y poderosas cibertecnologías, biotecnologías y nanotecnologías. Unos pocos individuos, por error o por temor, podrían desatar una crisis social con tanta rapidez que superaría la capacidad de reacción de los gobiernos.

La era “Antropocena”, en la que las principales amenazas globales provienen de los seres humanos más que de la naturaleza, se tornó especialmente riesgosa con el despliegue masivo de armamentos termonucleares. Durante la Guerra Fría, las falsas alarmas y los errores de cálculo por parte de ambas superpotencias eran un episodio constante, y muchas veces implicaban el riesgo grave de desatar un Armaggedon nuclear.

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