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Entender bien la corrupción

NUEVA YORK – Acabo de regresar de la India, en cuyo Parlamento pronuncié una conferencia, en la misma sala en la que el Presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, había hablado recientemente. El país estaba muy escandalizado. Un chanchullo gigantesco en el nivel ministerial y en el sector de los teléfonos móviles había desviado muchos miles de millones de dólares para beneficio de un político corrupto.

Pero varios de los diputados al Parlamento se habían quedado también desconcertados al descubrir que, cuando Obama les habló, estaba leyendo en un teleapuntador “invisible”, lo que había hecho pensar equivocadamente a su auditorio que estaba hablando improvisadamente, destreza muy valorada en la India.

Se consideraron los dos episodios formas de corrupción: uno tenía que ver con el dinero; el otro, con el engaño. Evidentemente, las dos transgresiones no son iguales en vileza moral, pero el episodio de Obama ilustra una importante diferencia transcultural en la evaluación de hasta qué punto es corrupta una sociedad.

Transparencia Internacional y a veces el Banco Mundial gustan de clasificar los países por su grado de corrupción y después los medios de comunicación no cesan de contar el puesto que ocupa cada uno de ellos, pero las diferencias culturales entre los países socavan la legitimidad de esas clasificaciones, que, al fin y al cabo, están basadas en encuestas al público. Lo que Obama hacía era un uso bastante común en los Estados Unidos (si bien se podía esperar algo mejor de un orador tan brillante); no así en la India, donde semejante técnica está considerada, de hecho, reprensible.