La hora cero de Alemania

El 8 de mayo siempre trae recuerdos de 1945, porque para mí el fin de la guerra en Europa fue en verdad una hora cero.

Cuando los primeros soldados soviéticos avanzaron por nuestra callecita en los suburbios occidentales de Berlín, supimos que la gran carnicería tocaba a su fin. Mi padre, que había estado en la resistencia, volvería de la cárcel de Brandenburgo. Yo ya no necesitaba ocultarme, como lo había hecho tras mi liberación de un campo de la Gestapo a comienzos de febrero. Una nueva vida iba a empezar de algún modo.

Sin embargo, primero hubo el caos. Los nazis habían desaparecido y las potencias ocupantes no habían creado aún ningún tipo de administración. Todo fuimos a saquear las tiendas locales; todavía conservo los finos volúmenes de poesía romántica que mi yo de 16 años cogió en una librería. Las tropas de ocupación arrasaban a su paso. La comida era difícil de encontrar. Mi padre fue sacado de la cárcel y transportado directamente al centro de Berlín, donde se le encargó dirigir la oficina de suministro de energía a Berlín, tarea que hubo de hacerse, literalmente, a partir de la nada. Durante un tiempo no hubo energía eléctrica ni transporte ni vida organizada de ninguna clase.

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