BERND VON JUTRCZENKA/AFP/Getty Images

Hay que liberar la democracia alemana

BERLÍN – El espectáculo de las recientes conversaciones para la formación de un nuevo gobierno de coalición en Alemania es una señal de descontento de los votantes. Los juegos de poder, el reparto discrecional de fondos a cambio de apoyo y los acuerdos no surgidos del debate público ponen de manifiesto la desconexión entre los grandes partidos alemanes y el electorado, que arroja a los votantes en brazos del populismo.

El resultado es un auge de los extremos políticos. La ultraderechista Alternative für Deutschland y la izquierdista Die Linke tienen, entre las dos, cerca de una cuarta parte de los escaños del Bundestag. La gran coalición en formación, que incluye a la conservadora Unión Demócrata Cristiana (CDU), a su rama bávara la Unión Social Cristiana (CSU) y al centroizquierdista Partido Socialdemócrata (SPD) sólo posee algo más del 50%, de modo que es considerablemente menos “grande” que en los dos gobiernos anteriores.

La AfD, en particular, no puede creer la suerte que ha tenido. El partido (cuya lealtad a la democracia es, en el mejor de los casos, parcial) parece ir camino de convertirse en el principal grupo opositor en el Bundestag; una posición sencillamente inimaginable para un partido que hasta la última elección en septiembre ni siquiera podía aspirar a la representación parlamentaria.

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