0

Georgia en la mente de Europa

La época en que Europa podía confiar en EE.UU. para hacer la guerra, lograr la paz y crear la democracia en su propio patio trasero se acabó. Como lo demostró hace poco la crisis del gas ruso, con la ampliación de la UE el patio trasero ahora incluye no sólo a Ucrania, sino también a Georgia. De hecho, al igual que Ucrania, Georgia enfrenta una prueba a su democracia que Europa no se puede permitir ignorar.

Georgia fue el primer país post-soviético en iniciar una “revolución de colores” y en demostrar, con dignidad y madurez, la opción de su pueblo por la democracia y los valores europeos. Las banderas de la Unión Europea que desde entonces han ondeado en todos los edificios públicos de Georgia son una señal de esa adhesión natural y tan vieja como la historia de un país que para los antiguos griegos era parte integral del mundo conocido. Prometeo, Medea, las Amazonas y, en la vecina Armenia, el Arca de Noé... la Europa de nuestros mitos comienza aquí.

Con su historia, su cultura y sus tradiciones (incluido su espíritu crítico, independiente e incluso rebelde dentro de la ex Unión Soviética), Georgia parecería un candidato ideal para una democratización exitosa. Por lo mismo, es mucho más preocupante el que esté zozobrando.

Todo parecía haber comenzado lo suficientemente bien. No hubo resistencias a las reformas políticas, las privatizaciones, las medidas anticorrupción, la búsqueda de nuevos líderes no manchados con arreglos con el antiguo régimen, y la implementación de una política exterior pro-europea. Sin embargo, desde entonces ha reaparecido una mentalidad totalitaria en líderes que, con el pretexto de representar la voluntad de la mayoría, se apropian de cada vez más poder.