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George W. Bush y el hemisferio abandonado de América

Cuando los aliados de la OTAN se reúnan en Estambul, se hablará mucho sobre las divisiones entre los Estados Unidos y Europa en relación con el Iraq. Entre la larga lista de consecuencias imprevistas que se desprenden del fracaso de los EE.UU. en Irak está el hecho decisivo de que en toda América Latina el antiamericanismo va en aumento y está teniendo de manera rápida una multitud de consecuencias en la política de la región.

Aquí no acaba el paralelismo con Europa. Gobiernos anteriores al de Bush, trabajaron denodadamente para que la relación de los EE.UU. con América Latina pasara, de ser una relación entre un Estado hegemónico y otros Estados dominados, a ser algo parecido a las relaciones que existen con los aliados europeos. Todo eso corre ahora un grave riesgo... un peligroso vuelco de los acontecimientos. El alejamiento completo de los EE.UU. en América Latina no sólo perjudicará a las relaciones hemisféricas, sino que, además, puede desacreditar ideas más amplias y estrechamente relacionadas con los EE.UU.

Ya se pueden advertir muchos de esos perniciosos efectos secundarios. La primera -y más profunda- consecuencia consiste en el desplome del prestigio y del respeto por los EE.UU. y el gobierno de Bush en la opinión publica de América Latina.

No fue así al comienzo de la presidencia de Bush. Al contrario, muchas capitales al sur de Río Grande tenían puestas grandes esperanzas en el equipo que se mudó a la Casa Blanca en 2001. Al fin y al cabo, durante sus nueve primeros meses en el cargo, Bush declaró que prestaría una inmensa atención a ese hemisferio y sus acciones parecían respaldar su retórica. Visitó México antes que ningún otro país, renovó el Estatuto de Protección Temporal para los inmigrantes centroamericanos, mantuvo la exención de ciertas limitaciones comerciales a países y empresas que hacen negocios con Cuba y dio un nuevo impulso a las negociaciones para crear una Zona de Libre Comercio de las Américas.