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El último hombre que quede en pie

LONDRES – Gran parte de la geopolítica moderna parece estar siguiendo la trama de Game of Thrones: muchos países están bajo tanta presión política y económica que su única esperanza es que sus rivales se derrumben antes que ellos. De modo que sus gobiernos se aferran al poder mientras tratan de aprovechar las debilidades internas de aquellos.

El presidente ruso Vladímir Putin es el mejor ejemplo. Sus recientes campañas en Siria y Ucrania pueden parecer acciones de aventurerismo geopolítico. Pero sus actos en el extranjero derivan de la debilidad interna. Por ejemplo, la anexión rusa de Crimea fue en buena medida un intento de renovar la legitimidad del régimen de Putin tras un invierno de descontento en el que las calles se llenaron de manifestantes que protestaban contra su regreso a la presidencia.

Las potencias rivales (sobre todo Estados Unidos y la Unión Europea) introdujeron sanciones con la esperanza de ensanchar las fisuras de la élite rusa, aprovechando el hecho de que Putin no diversificó la economía para eliminar la excesiva dependencia del gas y el petróleo. Por su parte, Putin espera que la economía de Rusia siga a flote el tiempo suficiente para que Ucrania se derrumbe. Para acelerar este proceso, el Kremlin apeló a todos los recursos de desestabilización a su alcance: incursiones militares, manipulación de la política ucraniana, uso de la provisión de energía como medio de chantaje y guerra de desinformación.

Putin cree que la UE sufre los mismos defectos de la antigua Unión Soviética: la considera un proyecto multinacional utópico que se caerá por el peso de sus contradicciones. En esto el Kremlin también hizo lo mejor que pudo para colaborar con el proceso, mediante su apoyo a partidos de extrema derecha en toda la UE. Putin parece esperar que si el Reino Unido vota por abandonar la UE y Marine Le Pen, del Frente Nacional, resulta electa presidenta de Francia, la UE ya no será capaz de mantener las sanciones.