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Proteger el acervo génico

CLEVELAND – Los seres humanos llevamos miles de años usando ingeniería genética para controlar la evolución de plantas y animales. Es inevitable que algún día también la usemos para modificar el rumbo de nuestra propia evolución. Hasta ahora, los ejemplos en ese sentido son pocos: hay servicios de citas en Internet que ya usan la compatibilidad genética de sus suscriptores como criterio de formación de parejas; también es cada vez más frecuente que se realicen exámenes genéticos sobre embriones y fetos, a pedido de los futuros padres, con el objetivo de que nazcan solamente aquellos que porten los genes más saludables; y los genetistas están mejorando (aunque lentamente) su capacidad para manipular directamente el ADN. Pero algo que nadie intenta hacer es introducir cambios genéticos en línea germinal (cambios que se transmitirán a las futuras generaciones).

Aunque la ingeniería evolutiva a gran escala sobre seres humanos todavía está muy lejos, puede llegar un día en que sea asunto de rutina. La humanidad se enfrenta a un doble desafío: sobrevivir lo suficiente para llegar a ese momento y reducir al mínimo los daños causados por el camino.

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El peligro más inmediato es para los niños, que se enfrentan al riesgo de sufrir manipulaciones dañinas en su material genético. Los daños pueden ser físicos (muerte al nacer, deformidades o trastornos genéticos), pero incluso si la ingeniería genética resulta técnicamente exitosa, puede ocasionar daños psicosociales a los niños, que tal vez enfrenten el rechazo de sus pares por tener una apariencia extraña o simplemente ser “diferentes”.

A escala social, una ingeniería genética que estuviera solo al alcance de los ricos pondría en riesgo la cohesión social, al eliminar la igualdad de oportunidades. Podría ocurrir que la humanidad se dividiera en castas separadas (los genéticamente dotados y los genéticamente desposeídos) y, en caso de aislamiento reproductivo entre ellas, que se produjeran cambios físicos que hicieran imposible la procreación intercastas. En última instancia, la humanidad se separaría en especies distintas.

Siendo como somos la única especie humana que queda (el Homo floresiensis desapareció hace unos 18.000 años), no tenemos garantías de que la coexistencia entre futuras especies humanas sea armoniosa. En el peor de los casos, el conflicto entre especies podría significar el fin de todo el linaje genético humano.

Incluso de no haber especiación, podría darse el mismo resultado por la pérdida de diversidad genética: si todos los padres coincidieran en seleccionar los mismos rasgos para su progenie, su descendencia perdería la capacidad de superar desafíos ambientales súbitos e inesperados.

Los genetistas suelen mostrarse escépticos ante predicciones como estas. Por ejemplo, uno de los revisores de un libro reciente de mi autoría escribió en Science que “unos pocos individuos modificados mediante ingeniería genética” tendrían muy poco impacto sobre el acervo génico de la humanidad. Pero, si bien es cierto que la humanidad como un todo no se enfrenta a ninguna catástrofe inminente debida a la ingeniería genética, también es cierto que ya existen algunas técnicas que pueden ser perjudiciales para los niños afectados en cuanto individuos: basta como ejemplo el aumento en la cantidad de partos prematuros y niños nacidos con poco peso que se relaciona con la fertilización in vitro. Y en algunos países, como China y la India, las decisiones reproductivas influidas por la preferencia cultural de tener hijos varones ya comienzan a producir problemas sociales.

En resumen, de no mediar impedimentos técnicos aún desconocidos e imposibles de prever, es probable que algún día la ingeniería evolutiva humana sea algo tan común que ponga en riesgo a toda la especie. De modo que, aunque todavía sea pronto para tomar medidas de prevención de daños futuros, vale la pena identificar cuáles podrían ser esas medidas y qué cambios en las normas y conductas sociales serían necesarios para poder implementarlas.

Muchos de los riesgos de la ingeniería evolutiva dependen de la decisión errada de los padres. Podría ocurrir que estos, en su afán de dar a sus hijos ventajas sociales, tomen decisiones reproductivas basadas en información genética defectuosa o incompleta, o pretendan alterar los genes de sus hijos antes de que la seguridad de las técnicas esté debidamente comprobada.

Dada la deferencia de la que los padres suelen ser objeto, determinar en qué casos sería permisible interferir con sus decisiones supone todo un problema. La mayoría de los países tienen leyes para la protección de los niños contra los malos tratos y el abandono, pero este tipo de legislación no cubre adecuadamente daños producidos o iniciados antes del nacimiento, ni establece qué tipos de ingeniería evolutiva serían aceptables.

Como la mayoría de las decisiones reproductivas de los padres necesitan de la ayuda de profesionales (por ejemplo, médicos) para su implementación, quizá habría que regular también la conducta de estas profesiones. Parte de la infraestructura necesaria ya existe (por ejemplo, los requisitos legales para el otorgamiento de licencias profesionales médicas), pero tal vez hagan falta otras medidas, como reforzar la regulación de las clínicas de fertilidad, ya que muchas intervenciones de ingeniería genética se realizarían allí. Además, es preciso fijar normas para la evaluación de la seguridad y eficacia de las nuevas tecnologías, tanto respecto de los receptores inmediatos como de sus descendientes.

Algunas formas de ingeniería evolutiva que tal vez no supongan un daño directo para individuos y que, por consiguiente, quedarían fuera del alcance de esas regulaciones (por ejemplo, si todos los padres decidieran introducir los mismos cambios genéticos en su progenie), tal vez supongan de todos modos un riesgo para la supervivencia del linaje humano. Los sistemas de salud pública pueden ayudar a resolver este problema; pero vistos los intentos pasados de aplicar la genética al mejoramiento de la salud pública por parte de autoridades públicas (entre los que se destaca el movimiento eugenésico de principios del siglo XX, con sus horrorosas campañas de esterilización forzada), es importante asegurar que un poder como este se use juiciosamente y sobre la base de conocimientos científicos serios.

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Por último, incluso de no mediar daños físicos directos, la cohesión social y las instituciones democráticas podrían estar en peligro si la ingeniería genética otorgara a alguna minoría muy reducida de la sociedad ventajas genéticas excesivas sobre el resto. Para que las técnicas de ingeniería genética admitidas beneficien a nuestros descendientes, deberán estar al alcance de tantas personas como sea posible.

Traducción: Esteban Flamini