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Política de género y cuidado familiar

WASHINGTON, DC – En Estados Unidos, la revolución de la igualdad entre hombres y mujeres todavía está a medio camino. En los últimos 50 años, el papel de las mujeres cambió radicalmente: casi el 60% de las estadounidenses están dentro de la fuerza laboral. Pero el papel de los hombres apenas se movió.

A pesar de toda la insistencia en la igualdad de dignidad y valor de hombres y mujeres, todavía consideramos el trabajo tradicionalmente masculino de sostén económico como más valioso e importante que el trabajo tradicionalmente femenino de cuidar a la familia. El resultado es un profundo desequilibrio socioeconómico, que impide el avance de mujeres y hombres por igual.

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La solución es concentrarse menos en las mujeres y más en valorizar el cuidado familiar y en ampliar los papeles y las elecciones disponibles para los hombres. Elegir y designar más mujeres en puestos de poder sigue siendo esencial. Pero el énfasis en la promoción de las mujeres está sesgado hacia medir cuántas llegan a la cima: el porcentaje general de la fuerza laboral, los salarios promedio, cuántas se convierten en directoras ejecutivas, gerentes, profesoras titulares, banqueras, cirujanas, socias de estudios jurídicos, parlamentarias, presidentas y ministras.

En cambio, prestando más atención al cuidado familiar veríamos el doble problema que supone que haya pocas mujeres en la cima y demasiadas en la base. Las estadounidenses ocupan menos del 15% de los puestos ejecutivos en las empresas listadas en el Fortune 500 y el 62% de los empleos con salario mínimo. El resultado es que una de cada tres mujeres adultas vive en la pobreza o al borde de ella; panorama especialmente sombrío para las madres solteras, de las que casi dos terceras partes trabajan en empleos sin oportunidad de progreso, mal remunerados, sin flexibilidad ni prestaciones sociales.

En lo que coinciden ambos grupos de mujeres, y todas las que están en el medio, es que siguen siendo las responsables principales del cuidado de sus hijos, padres y otros miembros de la familia, en un sistema que desvaloriza ese trabajo y le da poco apoyo. Y aunque las mujeres ricas pueden pagar, y pagan, a otras más pobres por cumplir esas tareas, también hay muchas que, para ofrecer a sus hijos el estímulo y la educación que necesitan, eligen trabajar media jornada o con horario flexible.

Pero para muchas, elegir ese camino implica verse sistemáticamente impedidas de avanzar profesionalmente. Si una joven abogada o banquera con un historial promisorio decide irse a casa “temprano” cada día para compartir la cena con sus hijos, o trabajar media jornada, o tomar licencia para cuidar de su familia a tiempo completo, en poco tiempo quedará excluida de la competencia por puestos de alto nivel. Y si decide dedicarse exclusivamente al cuidado familiar, ese período será una mancha en su currículum, una laguna que en vano deberá tratar de ocultar o explicar si más tarde decide reingresar al mercado laboral.

Para una mujer en la base, la realidad es aún más dura. Es probable que sea una madre soltera, obligada a ser el único sostén económico y también la única cuidadora de su familia. La mitad de las madres solteras en EE. UU. ganan menos de 25 000 dólares al año. En comparación con los progenitores solteros en otros países de altos ingresos, los de Estados Unidos tienen los mayores índices de pobreza y el peor sistema de ayudas económicas.

Ningún estado de la Unión ofrece guarderías económicas, educación preescolar y actividades fuera del horario escolar que ayuden al cuidado de los niños; sólo hay unos pocos que dan a todos los trabajadores licencia con sueldo para cuidar de un hijo enfermo. El resultado es que una madre con hijos a cargo debe ingeniárselas para armar una red inestable, y poco fiable, de cuidadores, en formas que obstaculizarán seriamente su capacidad de triunfar en el trabajo y salir de la pobreza.

Otros países industriales avanzados están muy por delante de EE. UU. en lo que se refiere a proveer una infraestructura completa de atención que ayuda a las familias a invertir en la próxima generación y cuidar a sus propios padres. Es más: casi todos los países en desarrollo del mundo superan a EE. UU. en exigir, al menos, licencia paga por maternidad.

Pero antes de que los lectores extranjeros se sientan demasiado elogiados, consideremos la otra solución a la revolución inacabada en Estados Unidos. Valorar el cuidado familiar implica valorarlo tanto como para esperar que los hombres asuman esa tarea tanto como hoy se espera que las mujeres se hagan cargo de traer dinero a casa.

Claro que cada pareja dividirá las funciones de sostén económico y cuidado familiar según sus propias circunstancias y personalidades. En un mundo auténticamente igualitario, hombres y mujeres resolverían esta división del trabajo igual que las parejas homosexuales. Dos hombres o dos mujeres puestos a hallar el modo de proveer de ingresos a su familia y convertirlos en alimento, vivienda, vestimenta, protección, educación, disciplina y apoyo emocional, necesarios para la crianza de los hijos, no pueden usar como criterio los papeles tradicionales socialmente impuestos; en cambio, se preguntarán: ¿Quién de los dos gana más? ¿Quién es más ambicioso? ¿Quién tiene el trabajo más flexible? ¿Quién tiene un jefe o una empresa más favorables al equilibrio entre el trabajo y la familia?

Las actitudes sobre el papel de los hombres en el cuidado familiar están empezando a cambiar en Estados Unidos. Sólo la tercera parte de los millennials varones creen en la división tradicional de papeles entre los géneros. Y las principales empresas tecnológicas estadounidenses ya ofrecen licencias por paternidad para atraer a posibles candidatos.

Los países escandinavos y Alemania fueron los primeros en promover la licencia por paternidad en Europa, pero a muchos hombres europeos (y ciertamente a los asiáticos, africanos, indios y latinoamericanos) todavía les falta recorrer mucho camino en lo referido a abandonar las actitudes tradicionales respecto de la división del trabajo entre los géneros. Abrir la fuerza laboral a las mujeres es una cosa; asumir la plena igualdad y crear un clima cultural, económico y social que aliente tanto a hombres como a mujeres a apoyarse mutuamente y a sus familias con dinero y cuidado por partes iguales es otra muy distinta.

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Pero es lo que se necesita para completar la empresa todavía inacabada del movimiento por la igualdad de las mujeres.

Traducción: Esteban Flamini