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Mandela hasta la eternidad

MELBOURNE – Sin Nelson Mandela, la pesadilla del apartheid de Sudáfrica finalmente podría haber terminado. Sus ejecutores se habían pasado de la raya, y la paciencia del mundo para con ellos se había agotado. Pero, sin la moral elevada y el liderazgo político de Mandela, la transición habría sido larga, desagradable e inconmensurablemente sangrienta.

F.W.De Klerk, un líder afrikáner, llegó a entender -tarde, pero no demasiado- lo que exigían los tiempos, y mereció absolutamente compartir el Premio Nobel de la Paz de 1993 con Mandela. Pero fue Madiba -el nombre tribal con el que los sudafricanos de toda casta y color hoy se refieren a él afectuosamente- quien marcó la diferencia crucial.

Yo fui lo suficientemente afortunado, por estar al frente del Ministerio de Relaciones Exteriores de Australia en aquel momento, de ser uno de los primeros funcionarios extranjeros en saludarlo después de su liberación de prisión en febrero de 1990 -pocos días después, en Lusaka, donde él había volado para reunirse con sus colegas del Congreso Nacional Africano en el exilio-. Cuando se acercaba la reunión, yo estaba emocionado pero nervioso. ¿La realidad del hombre acaso podría cumplir mis expectativas?

Mandela había sido mi héroe personal desde mucho tiempo antes, desde mis épocas de estudiante en los años 1960 cuando, al igual que tantos otros de mi generación, yo era un activista anti-apartheid. Sabíamos que los riesgos que corríamos de recibir una paliza o ser arrestados mientras manifestábamos contra la visita de los equipos de rugby Springbok eran absolutamente triviales comparados con los riesgos que él y sus colegas habían estado dispuestos a enfrentar.