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El imperativo de inversión del G7

LONDRES – En la inminente cumbre del G7 en Cornwall, los líderes de las economías más importantes tienen una oportunidad crítica de acordar sobre un plan que no sólo impulse una fuerte recuperación de la pandemia del COVID-19 para sus propios países, sino que también acelere la transición hacia una economía global más sustentable, más inclusiva y más resiliente.

Una lección clave que confío que los gobiernos del G7 han aprendido del COVID-19 es lo expuestos que están y lo vulnerables que son todos los países a las amenazas globales, entre ellas las enfermedades infecciosas, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Los desafíos para el bienestar y la prosperidad que puso de manifiesto la pandemia están interconectados, de modo que necesitamos una estrategia integrada para abordarlos. El G7 tiene una responsabilidad especial de liderar en este aspecto.

Los líderes de los países ricos entendiblemente pondrán el foco en la salud de sus propias economías, que están dando señales de una rápida recuperación. Pero deberían reconocer la necesidad de una inversión significativamente mayor en los próximos diez años para permitir un crecimiento sólido y sostenido y responder al cambio climático y a la pérdida de capital natural, incluida la biodiversidad. Los países no deberían repetir el error de los “locos años 20” post-pandemia hace un siglo centrándose principalmente en el consumo.

Un reciente informe pre-cumbre solicitado por el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, que yo conduje, demuestra que la inversión del G7 como porcentaje del PIB antes de la pandemia estaba en su nivel más bajo en décadas. En algunos países, como el Reino Unido, una caída en la inversión después de la crisis financiera global de 2008-09 en gran medida explica el crecimiento económico aletargado de la década siguiente.

Nuestro informe recomienda que el G7 invierta colectivamente un billón de dólares adicionales cada año, en relación a los niveles previos a la pandemia, durante los próximos diez años para impulsar una recuperación sostenible y sostenida. Si bien la mayor parte de este incremento, equivalente al 2% del PIB combinado de estos países, provendrá del sector privado, los gobiernos deben fijar las políticas y expectativas para fomentarlo, y ellos mismos deben estar dispuestos a invertir, particularmente en los próximos años.

En el más largo plazo también, los gobiernos del G7 deberían estar dispuestos a endeudarse para invertir con el fin de impulsar el crecimiento y sentar bases sólidas para una revolución industrial verde. La ambición es menos riesgosa que la cautela, porque una inversión débil implicará una economía anémica. Pero esto no significa que los ministros de Finanzas deban abandonar la disciplina fiscal. Más bien deberían garantizar que las finanzas públicas estén dirigidas hacia inversiones de alta calidad que puedan crear un crecimiento sostenido y engrosar los ingresos tributarios.

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Un compromiso con finanzas públicas sostenibles en esta década impulsará la inversión en la medida que una austeridad prematura no sofoque la demanda. Nuestro análisis demuestra que las oportunidades de inversión en infraestructura y naturaleza sustentables ofrecen retornos particularmente atractivos. Los países del G7 deberían así acelerar la descarbonización de sus economías eliminando gradualmente los combustibles fósiles y reemplazándolos por energía, transporte, industria y agricultura de emisiones cero.

Por ejemplo, el G7 podría prometer garantizar que el 80% de su electricidad esté generado por fuentes de cero emisiones en 2030. Sus integrantes podrían adoptar estándares de cero emisiones netas para todos los edificios nuevos a partir de 2024 y apuntar a instalar 100 estaciones de carga públicas de vehículos eléctricos cada 100.000 habitantes en 2023. Estos países también deberían estar invirtiendo mucho más para proteger y restablecer la naturaleza en tierra y en el mar, así como en agricultura productiva y sostenible.

Pero los líderes del G7 también necesitan admitir que sus economías sólo se recuperarán plenamente si se restablece el crecimiento en el resto del mundo. Esto es porque la mayor parte de la demanda global en los próximos diez años provendrá de los mercados emergentes y de los países en desarrollo.

El G7, por lo tanto, debe trabajar para movilizar las finanzas y fomentar la inversión en estas economías. Como ningún país estará a salvo de la pandemia hasta que ésta esté bajo control en todas partes, la necesidad más crítica y urgente es compensar el déficit de apoyo financiero para el programa de Acceso Global a Vacunas contra el COVID-19 (COVAX) y promover la producción y el reparto de vacunas. Todos los países deberían tener acceso a vacunas efectivas contra el COVID-19 y los medios para inmunizar a sus poblaciones.

Por otra parte, los países ricos tienen que ayudar a las economías en desarrollo con sus deudas externas y el acceso a finanzas a través de recursos como los derechos especiales de giro (DEG), el activo de reserva del Fondo Monetario Internacional. Sin esta asistencia, el mundo corre el riesgo de sufrir una década perdida de desarrollo y de no poder concretar muchos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas.

El G7 también debe garantizar que los países ricos tardíamente cumplan con su compromiso –hecho en 2010- de movilizar 100.000 millones de dólares por año de fuentes públicas y privadas para 2020 para ayudar a los países en desarrollo a abordar el cambio climático. Deberían intentar aumentar la cantidad anual de manera sustancial en 2025 e incrementar el componente concesional.

Esta posibilidad, junto con DEG adicionales, la expansión del crédito de los bancos multilaterales de desarrollo y el uso de recursos que anteriormente respaldaban inversiones en combustibles fósiles, subraya el objetivo de movilizar más fondos para los países más pobres sin sobrecargar las finanzas públicas.

La cumbre crucial sobre cambio climático de las Naciones Unidas (COP26) en Glasgow en noviembre corre el riesgo de fracasar si el mundo rico no cumple con sus compromisos financieros con los países en desarrollo y los hace avanzar hacia 2025. Por esta razón, el encuentro del G7 en Cornwall podría ser un punto de inflexión, no sólo en la recuperación de esta pandemia terrible, sino también en la creación de una economía global mucho más saludable.

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