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De Solidaridad a la libertad

Aunque el surgimiento, hace 25 años, de Solidaridad, el primer movimiento cívico independiente en el antiguo imperio soviético, tuvo enormes consecuencias políticas, Solidaridad no fue, fundamentalmente, un movimiento político ni un sindicato.

Antes que nada, Solidaridad fue un grito de dignidad. Sencillamente, se nos había acabado la capacidad de aguante ante los omnipresentes y todopoderosos apparatchiks comunistas que imponían su voluntad en nuestros lugares de trabajo, barrios e incluso lugares de descanso. Los escritores, los periodistas y los artistas ya no podían soportar más una censura y una supervisión ineptas. También en las fábricas los burócratas del Partido querían conocerlo y decidirlo todo.

Toda iniciativa cívica, toda actividad de cualquier tipo estaba sujeta a la evaluación y el control ideológicos. Quienes sentían la tentación de desobedecer podían estar seguros de que la policía secreta “se encargaría” de ellos.

El invierno pasado, vi un grito similar en pro de la dignidad en Ucrania. Aquellos centenares de miles de personas que acamparon durante semanas en las heladas calles de Kiev lo hicieron porque exigían respeto de su dignidad. Las experiencias polaca y ucraniana me han convencido de que el deseo de vivir con dignidad es el motor más potente de la acción humana, un motor capaz de superar incluso el mayor miedo.