0

De Roma a Moscú

Uno de los sueños no cumplidos del último Papa Juan Pablo II fue visitar Moscú y lograr un reencuentro con la Iglesia Ortodoxa. Sin embargo, aunque fue invitado a Moscú por los tres más recientes presidentes rusos, Vladimir Putin, Boris Yeltsin y Mikhail Gorbachev, la oposición del Patriarca ortodoxo Alexi a la visita impidió que el Papa hiciera el viaje antes de morir. ¿Logrará el Papa Benedicto XVI dar el paso que su amigo y predecesor no pudo dar?

A pesar de la reciente devolución a Rusia del icono de Nuestra Señora de Kazán, que alguna vez colgó en el dormitorio de Juan Pablo, las relaciones entre el Vaticano y el Patriarcado siguen tensas. De modo que Putin, que normalmente parece omnipotente, tiene una actitud cautelosa ante la posibilidad de invitar al Papa Benedicto. Esa cautela se ve reforzada por un nuevo factor político: la defensa de la Ortodoxia se ha convertido en un pilar de la idea nacional sobre la cual Putin parece basar la legitimidad de su régimen.

Esta es una de las razones por las cuales Putin fue uno de los pocos jefes de estado que no asistieron al funeral del Papa Juan Pablo. Aunque la Iglesia Ortodoxa envió una delegación, inmediatamente después del funeral el Patriarca Alexi advirtió que los desacuerdos entre los dos brazos de la Cristiandad son mucho más profundos que la nacionalidad polaca del último Papa, que fue siempre un punto sensible para los eslavos ortodoxos rusos.

Los rusos vieron la nacionalidad polaca de Juan Pablo como algo ligado a una larga historia de opresión que ellos perciben se ha ejercido contra la ortodoxia rusa. Nada menos que Alexander Pushkin escribió en 1836 que “La ortodoxia siempre ha sido perseguida por el fanatismo católico... Sus misioneros maldijeron a la Iglesia ortodoxa, con hipocresía y amenazas intentaron reclutar para el catolicismo no sólo a gente común y corriente, sino también a sacerdotes ortodoxos”. Los rusos que siguen viendo a la Iglesia católica como una amenaza suelen citar estas líneas.