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Macron y una Europa de múltiples necesidades

GINEBRA – La victoria de Emmanuel Macron en la elección presidencial francesa es la señal más certera de que, después de una serie de crisis y contratiempos, Europa puede estar recuperando cierta dosis de confianza en sí misma. Pero una confianza recuperada no debe conducir a una complacencia renovada.

Con Macron, el centro de Francia ha eludido los ataques electorales de ambos lados. Pero el vigor de esos ataques muestra lo precarias que siguen siendo las circunstancias de la Unión Europea. Y, si bien existe un amplio reconocimiento de que se necesitan con urgencia medidas audaces, no existe ningún acuerdo sobre qué acción tomar. 

La estrategia que ha dominado los debates sobre la reforma de la UE es la creación de una "Europa de múltiples velocidades". La idea es que, en lugar de un acuerdo sobre cuándo y cómo alcanzar cierto nivel óptimo de integración, se debería permitir a cada país miembro de la UE avanzar hacia una integración a su propio ritmo, con un conjunto de países a la vanguardia que lideren el progreso.

Sin embargo, lo que puede parecer una manera conveniente de esquivar negociaciones complejas en verdad tiene serios problemas. Por empezar, la estrategia de múltiples velocidades ignora la persistente sospecha y hostilidad de los votantes hacia la UE: el referendo por el Brexit no es más que el último en una larga lista de ejemplos -aunque el de mayores consecuencias-. Igualmente importante es el hecho de que ignora las necesidades reales de los países miembro.

Europa indudablemente requiere trabajar para lograr una visión compartida -basada en valores, libertades y normas comunes-. Pero cualquier visión a nivel europeo debe respetar las visiones, para no mencionar las identidades, de los estados miembro de la UE y de los gobiernos elegidos para dar respuesta a las prioridades de los votantes.

Los valores compartidos son una cosa; y otra cosa son los detalles de las reformas sociales y del mercado laboral, los sistemas tributarios o los regímenes regulatorios (más allá de los elementos esenciales de un mercado único). En estas áreas, los estados miembro de la UE, los potenciales nuevos integrantes y hasta los países salientes tienen necesidades sumamente diferentes, dependiendo de sus bases industriales particulares, su dinámica demográfica, sus legados históricos y, en el caso de los estados balcánicos, sus cargas post-conflicto. Esas diferencias afectarán no sólo el ritmo de la integración, sino también el camino que se tome.

Según el Informe de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, ocho de las diez economías más competitivas de Europa están en el noroeste de Europa; Suiza y Noruega, que no son miembros de la UE, completan el ranking. Pero una solución a la brecha de competitividad entre el norte y el sur no se puede imponer desde arriba ni puede ser el único objetivo que guíe la conducta de las empresas en la UE. Sin duda no se puede cerrar de la noche a la mañana.

Esto no quiere decir que ocuparse de la brecha de competitividad no sea de vital importancia. Por el contrario, la creación de un panorama económico más equitativo beneficiará a los ciudadanos de toda la UE, reavivará el atractivo de la Unión para el mundo exterior y la posicionará como una isla de estabilidad en un mar global de conflicto e inseguridad.

Pero los líderes europeos tienen que encontrar una estrategia que tenga en cuenta las diversas necesidades y hasta perspectivas de los países. Eso implica no ocuparse tanto de tener razón, sino de hacer lo correcto.

Los alemanes podemos estar contentos de que nuestro país navegó muy hábilmente la crisis económica de 2008, manteniendo el desempleo en niveles manejables y surgiendo, en algunos sentidos, inclusive más fuerte. Sin embargo, como europeos, tenemos que reconocer que el creciente excedente de cuenta corriente de Alemania está creando un desequilibrio insostenible en la UE.

Si a esto le sumamos la atracción del fuerte mercado laboral de Alemania -para no mencionar la atracción casi magnética de Berlín para los millennials europeos-, el desequilibrio se vuelve aún mayor. Después de todo, hoy en día, la economía de Europa no está tan impulsada por la inversión en efectivo como por el talento y las ideas.

Yo soy lo suficientemente realista como para saber que ningún gobierno -ni en Alemania ni quizás en ningún lugar de Europa- puede aceptar una iniciativa importante de alivio de la deuda europea meses antes de una elección peleada. Pero también soy optimista en que los líderes en las zonas más competitivas de la UE más confiada de hoy vean la sensatez de trabajar para respaldar el progreso económico de todos los estados miembro.

Esta no sería la primera área en la que Alemania se irguió por encima de un egocentrismo nacional dañino y dio muestras de un liderazgo receptivo y responsable. En 2015, el gobierno de coalición de Alemania decidió, a pesar de un considerable contragolpe doméstico, darle acogida a un millón de refugiados que huían de los horrores de la guerra en Siria e Irak. Esa política le costó a los partidos de gobierno un capital político para nada desdeñable, pero llegado el momento demostrará su valor para un país que enfrenta desafíos demográficos.

Los líderes políticos, y sus contrapartes del sector privado, ahora deben emular el ejemplo que marcó Alemania con su política de refugiados. Eso significa resistir la idea de que una solución intermedia es una señal de debilidad y una receta para la ineficiencia, y en cambio defenderla como una de las herramientas más poderosas de la toma de decisiones democráticas -y la piedra angular del proyecto europeo-. Por sobre todo, implica reconocer que aquello de lo que deberíamos estar hablando es de una Europa, no de diferentes velocidades, sino de diferentes necesidades.