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La libre expresión, en el banquillo

No hace mucho tiempo, había júbilo por el hecho de que el mundo libre y sus valores habían prevalecido en la Guerra Fría. Cuando se derrumbó el imperio comunista, algunos incluso anunciaron que la victoria de la libertad y la democracia implicaba el “fin de la historia”.

Sin embargo, la historia nunca se rindió; a lo sumo, hizo un entreacto de una década, y el siguiente acto estuvo marcado por los ataques terroristas a los Estados Unidos en septiembre de 2001. Y aquí es donde la trama se pone densa. En lugar de regocijarnos con el orden liberal, aquellos de nosotros que hemos tenido el placer de vivir en él hemos tenido que luchar por mantenerlo intacto y fuerte.

Desde el 11 de septiembre, más y más libertades se están restringiendo en aras de la defensa de la libertad. Las nuevas exigencias de visado y otros obstáculos para viajar, la recolección de información más privada por parte de los gobiernos y la presencia de cámaras de video en todos lados, al mismo tiempo benignas e intrusas, nos hacen recordar más al Gran Hermano de George Orwell que a Sobre la libertad de John Stuart Mill.

Gran Bretaña no sólo es el país donde los antiguos derechos del habeas corpus, de la inviolabilidad de la persona, van a ser restringidos mediante una nueva legislación que, por ejemplo, amplía la cantidad de tiempo permisible para la detención sin cargos. Ahora incluso el derecho fundamental de un orden liberal, la libertad de expresión, está bajo presión.