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Francia está de regreso en Europa... pero, ¿con qué condiciones?

Cuando Nikolas Sarkozy pasó a ser Presidente de Francia, declaró que su país volvía a ocupar una posición central en Europa. Desde entonces, Sarkozy se ha lanzado a la brecha política europea. Su energía, combinada con el talento negociador de la canciller alemana Angela Merkel, superó el antagonismo a un nuevo tratado para la reforma y volvió a poner a la Unión Europea en marcha después de dos años de una indecisión incapacitante, pero ese triunfo indicó sólo un regreso parcial al redil europeo. Ahora los franceses deben aclarar sus actitudes ambiguas para con Europa, que han afectado a las políticas nacionales durante decenios.

Durante medio siglo, Francia ha mezclado dos criterios radicalmente diferentes sobre Europa. Unos franceses ven la UE como una comunidad en la que los intereses nacionales convergen inexorablemente. En el otro extremo está la creencia gaullista de que la UE no es otra cosa que un "multiplicador de poder" para que Francia defienda sus intereses nacionales.

En lugar de utilizar a Europa para proyectar las ideas francesas por el continente, Francia debe adoptar y cultivar una actitud que propicie un reparto del poder y un compromiso auténticos. Semejante cambio radical tendría consecuencias profundas en un amplio espectro de políticas francesas, desde los asuntos internos y la economía de la UE hasta la política de asuntos exteriores y el papel de Europa en el mundo.

Pensemos en el Ejecutivo francés. El Presidente y los ministros del Gobierno tratan a Europa como su reducto político y, sin embargo, el Primer Ministro nunca asiste a las reuniones de la UE y el ministro de Asuntos Exteriores deja las decisiones internas de la UE en manos de un Secretario de Estado de rango inferior o un representante diplomático.