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La batalla del burkini

LONDRES – Estos últimos días dio mucho que hablar el caso de varias mujeres musulmanas que decidieron bañarse en playas francesas con un traje especial que cubre la cabeza (no el rostro), y gran parte del cuerpo. Ese traje (el burkini) fue inventado en 2004 por una mujer líbano‑australiana llamada Aheda Zanetti, para que incluso las musulmanas más estrictas pudieran nadar o practicar deportes en público. Lo que menos imaginaba Zanetti es que su creación desataría una controversia nacional.

El embrollo comenzó cuando los alcaldes de varias ciudades costeras del sur de Francia prohibieron el uso del burkini en sus playas. Poco tiempo después, la prensa internacional publicaba una imagen grotesca: tres policías franceses armados que obligan a una mujer a desvestirse en una playa en Niza. Si bien ahora el tribunal supremo francés invalidó la prohibición, todavía se impone en diversos complejos hoteleros ribereños.

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Y la controversia no está terminada ni mucho menos. El expresidente francés Nicolas Sarkozy, quien compite por un nuevo mandato, dijo hace poco que el burkini es una “provocación”; el alcalde de Villeneuve-Loubet, Lionnel Luca, habló de “islamización rampante”. Igualmente indignado, el primer ministro Manuel Valls dijo que los pechos desnudos son un símbolo de la libertad republicana francesa, y concluyó: ¿acaso a Marianne, símbolo femenino de la República Francesa, no la pintan con los pechos al descubierto?

Es casi indudable que la oposición de Sarkozy al burkini es totalmente oportunista. La controversia es una ocasión más de agitar el prejuicio contra una minoría impopular, con la esperanza de robarle votos a Marine Le Pen, del ultraderechista Frente Nacional, en la elección de 2017. Pero siguiendo una tradición de siglos de celo misionero europeo, Sarkozy disfrazó su oportunismo de cuestión ética: “[Los franceses] no encerramos a las mujeres bajo telas”.

Sarkozy quiere hacernos creer que el objetivo real de prohibir el burkini es liberar a las mujeres musulmanas de restricciones primitivas impuestas por maridos autoritarios, así como los gobernantes coloniales británicos liberaban a las viudas indias hinduistas de ser quemadas vivas en la pira funeraria de sus esposos. Esto es reflejo de una tendencia más amplia, que viene cobrando fuerza desde fines del siglo pasado, de expresar una retórica antimusulmana en términos de derechos humanos, como si la igualdad de derechos para las mujeres o los gays fueran antiguas tradiciones occidentales que deben defenderse contra el fanatismo religioso foráneo.

En la historia como la cuenta Valls, la desnudez pública es una atesorada tradición francesa y un signo de libertad. Para ser plenamente francesas, tal parece, las mujeres deben imitar a Marianne y descubrirse los pechos.

Pero en el siglo XIX, cuando Marianne se convirtió en símbolo de la República Francesa, la desnudez era aceptable sólo en forma idealizada, en pinturas o esculturas de deidades griegas y heroínas míticas. Mirar los pechos de una Marianne o Venus retratadas al desnudo estaba bien, pero que una mujer de carne y hueso mostrara incluso una parte del tobillo era inaceptable.

Claro que hoy en día, estas actitudes ya casi no se ven en Occidente. Así que incluso si Valls cuenta una historia distorsionada, podría argumentarse que los musulmanes europeos que insisten en que las mujeres de su fe se cubran el cuerpo son anacrónicos (sobre todo porque a veces las mujeres no pueden elegir al respecto).

Es cierto que en algunos barrios de inmigrantes, las mujeres musulmanas se sienten obligadas a cubrirse la cabeza para no ser vistas por hombres musulmanes como prostitutas a las que pueden acosar impunemente. Pero no siempre es así. Algunas musulmanas eligen por voluntad propia llevar hijab y, muy pocas veces, burkini.

La cuestión es si el Estado debe ser quien determine la ropa que los ciudadanos pueden o no pueden usar. La respuesta republicana francesa es que aunque en privado uno puede vestirse como quiera, en público hay que amoldarse a las normas seculares.

Pero estos últimos años, esas normas se aplicaron con más rigor a los musulmanes que a miembros de cualquier otra fe. No he oído ningún caso de policías que hayan obligado a mujeres judías ortodoxas a quitarse la peluca para descubrirse la cabeza.

Algunos me responderán que los judíos ortodoxos no son responsables de masacres en nombre de su religión. Totalmente cierto. Pero suponer que las mujeres que llevan burkini son todas terroristas potenciales es un despropósito. Una mujer recostada en una playa, con un traje de baño que le cubre el cuerpo es, probablemente, la última persona que estaría a punto de cometer un atentado terrorista.

En cuanto al argumento de que las mujeres musulmanas necesitan que el Estado las libere de la obligación impuesta por los hombres musulmanes de ponerse un pañuelo en la cabeza o cubrirse el cuerpo, ¿justifica esto el privar a otras mujeres de mostrarse en público así si es tal su elección?

Yo diría más bien que no. El mejor modo de ayudar a las mujeres a liberarse del autoritarismo doméstico es alentarlas a tener una vida pública, en las escuelas, las oficinas y las playas. Es mejor para una mujer estudiar con pañuelo que no estudiar.

Para algunas funciones públicas, es perfectamente legítimo pedir un rostro descubierto. Algunos trabajos tienen un código de vestimenta propio. Las empresas privadas pueden aplicar sus propias reglas, sin necesidad de leyes nacionales. La imposición excesiva de conformidad por parte del Estado puede terminar teniendo el efecto opuesto al deseado. Obligar a las personas a adherir a una identidad común puede alentarlas a rebelarse y recalcar las diferencias.

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No está bien decirles a personas que se llaman Fátima o Mohammed que son francesas y deben respetar las normas establecidas por un Sarkozy o un Valls, si otras personas que se llaman Nicolas o Marianne no las tratan como sus iguales. Para alguien que se siente humillado, llevar pañuelo, barba o burkini puede ser una forma inocua de defender su orgullo. Prívenlo de ese orgullo, y puede que su defensa pronto no sea tan inocua.

Traducción: Esteban Flamini