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Nacionalismo futbolístico

AMSTERDAM – El difunto Arthur Koestler, nacido en Budapest, residente en muchos países y escritor en varias lenguas, dijo en cierta ocasión que existe el nacionalismo y también el nacionalismo futbolístico. Los sentimientos inspirados por este último son, con mucha diferencia, más intensos. El propio Koestler, orgulloso y leal ciudadano británico, siguió siendo un nacionalista futbolístico húngaro.

A los americanos, cuyo campeonato anual de béisbol, pese a su nombre en inglés (“World Series”), es esencialmente un asunto interno, les resulta difícil entender las emociones engendradas en los ciudadanos europeos cuando sus naciones compiten en el Campeonato Europeo de Fútbol cada cuatro años. Durante varias semanas de este verano, los estadios de Austria y Suiza, por no citar las calles de las capitales europeas de Madrid a Moscú, se entregaron a una orgía de patriotismo en forma de ondear de banderas, cantar de himnos y batir de tambores. La victoria de España fue una de las escasas ocasiones en que catalanes, castellanos, vascos y andaluces vivieron juntos una explosión de disfrute patriótico.

El fútbol, más que la mayoría de los deportes, se presta a los sentimientos tribales: el esfuerzo colectivo, los colores del equipo, la velocidad, la agresión física. Como dijo en cierta ocasión un famoso entrenador holandés de fútbol en serio: “El fútbol es la guerra”.

No había de ser así. Después de dos guerras mundiales, las exhibiciones de fervor nacional pasaron a ser más o menos tabú en Europa. Se culpaba al nacionalismo de casi destruir el viejo continente dos veces en el siglo XX. El tipo de patriotismo exaltado, en particular cuando se combina con el orgullo guerrero, que sigue siendo totalmente normal en los Estados Unidos, estuvo asociado durante mucho tiempo con las matanzas en masa. Los ingleses, que se libraron de la ocupación por parte de una potencia hostil y siguen creyendo que ganaron la segunda guerra mundial solos (en fin, con un poco de ayuda de los yanquis), siguen teniendo una vena militarista, en lo que resultan excepcionales. Tal vez se deba a eso la tristemente famosa beligerancia de los hinchas de fútbol ingleses.