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Cómo sincronizar el estímulo fiscal y la independencia de los bancos centrales

LONDRES – Hasta principios del otoño pasado, la economía global parecía atascada en una trampa deflacionaria. Durante cinco años seguidos, el Fondo Monetario Internacional había reducido su pronóstico de crecimiento de mediano plazo. En febrero de 2016, la portada de The Economist decía que los banqueros centrales estaban "Sin municiones". En octubre, las Perspectivas de la Economía Mundial del FMI llevaban el título "Demanda reprimida: síntomas y remedios", aunque parecía haber más de lo primero que de lo segundo. El excedente de deuda privada que resultó de la creación excesiva de crédito antes de 2008 se mantuvo sin solución.

Recién seis meses después, las perspectivas parecen haber cambiado, con mejores pronósticos generalizados en materia de crecimiento e inflación. Es verdad, un crecimiento decepcionante en el primer trimestre en Estados Unidos arroja dudas sobre la verdadera fuerza de la recuperación. Pero, por lo menos, parece que hemos dejado atrás años de desilusión serial.

Los pronósticos de crecimiento son mejores porque la política fiscal se ha relajado. Las economías avanzadas aliviaron su posición fiscal en 2016 a un nivel del 0,2% del PIB, en promedio, poniendo fin a cinco años de consolidación gradual. Más importante aún, el déficit fiscal de China aumentó de 0,9% del PIB en 2014 a 2,8% en 2015 y a 3,6% en 2016. Los mejores pronósticos de crecimiento de Estados Unidos suponen un déficit en el 2018 de, 4,5% del PIB, comparado con el 3,5% que se había proyectado anteriormente. Como observa el FMI, esto refleja "una reevaluación de la política fiscal", y un rechazo de la idea de que la política monetaria por sí sola puede impulsar la recuperación.

Por cierto, la política fiscal ha desempeñado un papel vital desde 2008. Los déficits fiscales de Estados Unidos, que promediaron el 11,2% del PIB entre 2009 y 2011, produjeron una recuperación más acelerada que el déficit promedio del 5,7% del PIB de la eurozona. Después de un incremento perjudicial del impuesto a las ventas en abril de 2014, el crecimiento de Japón ha dependido de una serie de paquetes de estímulo fiscal. Pero, desde 2011 en adelante, la política fiscal de Estados Unidos se ajustó lentamente y, a partir de marzo de 2012, el "compacto fiscal" de la eurozona hizo que los países miembro se comprometieran a una reducción sostenida del déficit. Un ajuste de la política fiscal parecía esencial para limitar la deuda pública futura; pero se suponía que una política monetaria ultra-laxa podría, de todas maneras, garantizar un crecimiento adecuado de la demanda y retrotraer la inflación a la meta.