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Palabras combativas y promesas falsas

Durante casi cinco años, la "guerra contra el terror" ha resultado ser una metáfora falsa que ha propiciado políticas contraproducentes. Se ha aplicado literalmente una figura de dicción engañosa para desencadenar una guerra real en varios frentes, incluidos el Iraq, Gaza, el Líbano, el Afganistán y Somalia. Miles de civiles inocentes han resultado muertos, lo que ha enfurecido a millones de personas en todo el mundo.

Aun así, no se ha sometido a Al Qaeda, como ha demostrado la reciente conspiración para volar vuelos comerciales procedentes de Londres y con destino a Nueva York. Dicha conspiración, que habría podido causar más víctimas que los ataques del 11-S, ha sido desbaratada por las autoridades de la inteligencia británica. Es evidente que no será la última.

Desgraciadamente, el público americano aceptó de forma acrítica la metáfora de la guerra como la reacción lógica ante el 11-S. De hecho, incluso ahora, cuando está generalizado el reconocimiento de que la guerra del Iraq fue un error, la "guerra contra el terror" sigue siendo el marco al que la política americana debe ajustarse. Además, la mayoría de los políticos demócratas la subscriben por miedo a ser tildados de débiles en asuntos de defensa.

Pero no porque la guerra contra el terror siga contando con apoyo resulta menos contraproducente. Por su propia naturaleza, la guerra provoca víctimas inocentes, cosa que resulta aún más probable, cuando se riñe contra terroristas, porque éstos suelen mantener oculto su paradero. Las muertes, los daños y la humillación de civiles infunden rabia y resentimiento entre sus familias y comunidades, lo que, a su vez, alimenta el apoyo a los terroristas.