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Soberanías ficticias

LONDRES – Hace un año, la pequeña Georgia intentó recuperar el control de su enclave secedido de Osetia del Sur. Los rusos expulsaron rápidamente al ejército georgiano, con la condena casi general de Occidente. Osetia del Sur, junto con Abjasia (con un población combinada de 300.000 personas) declaró prontamente su "independencia", creando dos nuevas soberanías ficticias, y adquiriendo en el proceso toda la parafernalia oficial de los estados: héroes nacionales, coloridos uniformes, himnos, banderas, puestos fronterizos, fuerzas militares, presidentes, parlamentos y, lo más importante, nuevas oportunidades para el contrabando y la corrupción.

Hasta ahora, sólo Rusia y Nicaragua reconocen la independencia de Abjasia y Osetia del Sur. El reconocimiento ruso se considera en general una represalia por el reconocimiento de Kosovo (con una población de 2 millones), la provincia secesionista de Serbia, por parte de los países occidentales el año pasado.

A mil millas al oeste de Georgia se encuentra Moldavia (con una población de 3,5 millones), entre Rumania y Ucrania. Anexionada por la Rusia zarista en 1812, pasó a formar parte de Rumania en 1918, sólo para volver a sufrir la anexión por la Unión Soviética en 1940. En 1991 logró independizarse de Moscú. Es miembro de las Naciones Unidas, del Consejo de Europa, en la Organización Mundial de Comercio, de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, y varios otros prestigiosos organismos internacionales.

El principal orgullo histórico de Moldavia es el Rey Esteban el Grande, que derrotó a los otomanos en una gran batalla del siglo XV. Además, produce bastante buen vino. Un recuerdo perdurable de mi propia visita a su capital, Chisinau, es el póster electoral de un político local llamado Lupu, que sostiene que sus ojos un par de gafas... no está claro si para sugerir visiones o sabiduría.