El feminismo y el cerebro masculino

NUEVA YORK – Los norteamericanos de mi generación crecieron con el disco infantil de los años 1970 "Free to Be… You and Me" (Libres de ser… Tú y yo), en el que Rosey Grier, una gigantesca ex estrella del fútbol, cantaba "It´s Alright to Cry" (Está bien llorar). El mensaje: las niñas podían ser fuertes, y a los niños se les permitía no serlo.

Durante casi 40 años, ha prevalecido la crítica feminista occidental del estereotipo rígido de roles sexuales que imperaba en esa época. En muchos sentidos, ha erosionado o incluso eliminado el tipo de limitaciones arbitrarias que convertían a niños apacibles en hombres agresivos y encerraban a jovencitas ambiciosas en empleos de poca paga.

Comprensiblemente, las feministas muchas veces le huían a la evidencia científica que desafía esta crítica de los roles sexuales. Después de todo, dado que los argumentos sustentados en la biología sobre la diferencia de género históricamente han sido utilizados para justificar el sometimiento de las mujeres, las mujeres se han mostrado renuentes a admitir cualquier diferencia innata, por temor de que fuera utilizada en su contra. Pero, en vista de los recientes descubrimientos científicos, ¿acaso la resistencia feminista a aceptar cualquier señal de una diferencia de género innata no ha creado más que nuevos prejuicios?

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