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Los protocolos de Donald J. Trump

LONDRES – Es una peculiaridad extraña en la historia de la lógica que los irreverentes cretenses hubiesen sido quienes tuvieron que dar su nombre a la famosa “paradoja del mentiroso”. Se supone que el cretense Epiménides dijo: “Todos los cretenses son mentirosos”. Si Epiménides mentía, decía la verdad – y, por lo tanto, estaba mintiendo.

Algo semejante puede decirse del presidente de Estados Unidos Donald Trump: incluso cuando él dice la verdad, muchos asumen que está mintiendo – y, por lo tanto, está siendo fiel a sí mismo. Los revuelos, también llamados “troleos”, que produce en las redes sociales son tristemente célebres. Durante años, afirmó, sin más evidencias que fuentes anónimas que él las calificó como “extremadamente creíbles”, que el certificado de nacimiento de Barack Obama era fraudulento. Durante las elecciones primarias republicanas vinculó al padre del senador Ted Cruz, su oponente en las mismas, al asesinato de John F. Kennedy. Trump también promocionó ideas que surgen de charlatanes médicos sobre que las vacunas causan autismo, y desplegó magistralmente insinuaciones falsas – por ejemplo, su insinuación sobre que el cambio del clima es un engaño chino diseñado para paralizar la economía estadounidense.

Siempre ha habido un próspero mercado para la información falsa, las falsificaciones, los engaños y las teorías conspirativas. “La historia es la destilación del rumor”, escribió Thomas Carlyle en el siglo XIX. Siempre hay vendedores de información falsa manufacturada por dinero o por beneficio político, y siempre hay compradores ansiosos entre los crédulos, lujuriosos o vengativos. Y, los chismes siempre son entretenidos.

La historia moderna nos proporciona algunos ejemplos famosos. El Daily Mail publicó cuatro días antes de las elecciones generales del Reino Unido en el año 1924 la carta de Zinoviev, una falsificación que implicaba al Partido Laborista de Gran Bretaña en una sedición comunista dirigida por el Kremlin, lo que frustró las posibilidades del partido laborista.

Tal vez la más famosa de estas falsificaciones fue la denominada Los protocolos de los sabios de Sión. Estos protocolos, cuya fabricaron probablemente fue motivada por dinero, pretendían ser evidencia de un plan judío que tenía como objetivo la dominación del mundo. Su párrafo clave dice así: “[...] desgastaremos tanto a los Goyim que se verán obligados a ofrecernos una potencia internacional que por su posición nos permitirá sin violencia alguna absorber gradualmente a todas las fuerzas de los Estados del mundo y formar un súper gobierno”. Dichos protocolos que circularon entre la policía secreta zarista a principios de los años 1900 para justificar los pogromos antijudíos del régimen, se convirtieron en el fundamento de la literatura antisemita de la primera mitad del siglo XX, con horribles consecuencias.

Entonces, ¿qué hay de nuevo? La atención que hoy en día se presta a la información falsa surge de la enorme velocidad con la que la información fabricada digitalmente viaja por todo el mundo. En el pasado, uno tenía que ser capaz de engañar a medios de comunicación que tenían más o menos una buena reputación para plantar historias falsas. En la actualidad, la desinformación puede hacerse viral mediante las redes sociales, como una peste negra moderna.

La pregunta importante es cómo afectará esto a la democracia, ¿La facilidad sin precedente de acceso a la información liberará a las personas del control del pensamiento, o, lo fortalecerá hasta tal punto que la democracia simplemente se ahogará en un mar de manipulación?

Los optimistas y los pesimistas tienen buenos argumentos. “El conocimiento es poder”, dicen los optimistas. Parece seguir la línea de pensamiento que argumenta que cuanta más información esté disponible, los votantes estarán más informados; y, por lo tanto, tendrán una mayor capacidad para hacer que los líderes sean responsables de rendir cuentas.

Sin embargo, la información, señalan los pesimistas, no es conocimiento. La información tiene que ser estructurada para convertirse en conocimiento. Las instituciones, como ser las escuelas, las universidades, los periódicos y los partidos políticos, han sido nuestros dispositivos estructuradores tradicionales. Pero, la tecnología digital está institucionalmente desnuda. Dicha tecnología no proporciona ningún mecanismo estructurante y, por lo tanto, no proporciona ningún control sobre la difusión de opiniones que están libres de conocimientos.

Las redes sociales, sin duda, han desempeñado un papel en el surgimiento de la política populista que prospera en un ambiente así. Los populistas de izquierda, como Jeremy Corbyn en el Reino Unido, Bernie Sanders en Estados Unidos y Jean-Luc Mélenchon en Francia, recibieron un gran impulso mediante la capacidad que tienen las redes sociales para eludir a los medios de comunicación tradicionales. Los populistas de derecha, como Trump, Marine Le Pen en Francia y Geert Wilders en los Países Bajos, se beneficiaron exactamente de la misma manera. Ambas partes acusan a los medios de comunicación que están establecidos desde larga data de “falsificar” las noticias.

Tal vez el mercado de las noticias eventualmente encuentre su propio equilibrio entre la verdad y la falsedad. No obstante, una fracción de la población siempre estará dispuesta a comprar noticias falsas; pero la mayoría aprenderá a distinguir entre fuentes fiables y no fiables.

Sin embargo, si se concibe la propagación de la desinformación como un virus, no hay ningún equilibrio natural que se pueda alcanzar que pueda ser considerado algo menos que una catástrofe. Por lo tanto, se debe controlar dicha propagación mediante la inoculación.

Pocos confían en los políticos para que lleven a cabo dicha inoculación, debido a que dichos políticos a menudo tienen intereses creados con respecto a la información falsa. Una respuesta podría ser las agencias independientes que funcionan como perros guardianes de los consumidores, pero ¿cuáles agencias? Hoy en día hay una serie de sitios web dedicados a verificar hechos y desmentir presuntas noticias. Uno de los más conocidos, Snopes.com, fue lanzado en el año 1994 como un proyecto para verificar la exactitud de las leyendas urbanas. Facebook ahora está tratando de marcar historias de noticias falsas al señalar que las mismas han sido “puestas en entredicho por terceros que se dedican a verificar hechos”.

A pesar de que estos intentos pueden considerarse dignos, sufren de una debilidad inherente: ellos aún colocan la responsabilidad de comprobar si una noticia es verdadera en manos de los lectores. Pero, todos somos propensos a buscar información que confirme nuestras creencias y tendemos a ignorar la información que ponga dichas creencias en entre dicho. Los hechos no serán comprobados por aquellos cuyas creencias dependen de la no comprobación de los hechos.

No existen respuestas fáciles. Obviamente, la educación en pensamiento crítico, y especialmente en ciencias sociales como la economía, es necesaria. Pero, ¿será suficiente para contrarrestar el aumento masivo de la capacidad de difundir información falsa?

La democracia depende tanto del derecho a la libertad de expresión como del derecho a saber. Puede que no tengamos otra alternativa que encontrar un nuevo equilibrio entre estos dos derechos.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos.