Aumento del crimen y del castigo en el Tíbet

NUEVA YORK – China ha sido criticada de forma generalizada por su brutal trato a casi cualquier forma de disidencia política en el Tíbet. En 2008, por ejemplo, un tibetano llamado Wangdu, educador sobre el sida en Lhasa, fue condenado a cadena perpetua por enviar noticias sobre las protestas tibetanas a tibetanos residentes en el extranjero. La lógica estaba clara: preservar lo que los dirigentes de China llaman “estabilidad” y “armonía” para mantener el poder estatal.

Pero dos acontecimientos recientes en el Tíbet, relacionados con los juicios de dos tibetanos destacados y que no habían atacado ni criticado al Estado en modo alguno, no cuadran con esa lógica.

En el primer juicio, celebrado el 24 de junio, Karma Samdrup, de 42 años de edad, uno de los empresarios tibetanos más adinerados de China, fue condenado a quince años de reclusión por un tribunal de Xinjiang por robar antigüedades. Los grupos defensores de los derechos humanos indicaron que la acusación era una invención, porque, cuando se investigó por primera vez hace doce años, la policía había abandonado el caso por falta de pruebas y ni se presentó a nuevos testigos ni nuevas pruebas ante el tribunal. Pese a la detallada crítica de las fundamentos de la acusación por parte de dos abogados defensores chinos, la sentencia, que los funcionarios conocían en privado desde hacía varios días, fue ratificada.

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