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Exorcismos al fantasma de Musharraf

CAMBRIDGE – Tras las elecciones libres celebradas recientemente en Pakistán, el país está renaciendo políticamente. Sin embargo, la euforia que ocurrió tras el fin de la era Musharraf se está desgastando a medida que el gobierno se enfrenta a importantes y difíciles decisiones.

A diferencia de Iraq y Afganistán, la democracia no es algo nuevo en este estado de 60 años, pero las divisiones étnicas, las débiles instituciones y el extremismo religioso en el norte son constantes factores de desestabilización. Y, mientras el nuevo gobierno se establece y define sus prioridades, Occidente, especialmente Estados Unidos, debe reevaluar el efecto de sus tratos pasados con Pakistán.

El nuevo primer ministro de Pakistán, Yousaf Gilani, es un experimentado político y, lo que es más importante, tiene raíces familiares sufíes, cual es un buen augurio si se considera la tradición de tolerancia de esta rama religiosa. Gilani declaró sin dar lugar a dudas en su discurso de asunción que luchar contra el terrorismo es su gran prioridad, y su primera decisión fue liberar a los jueces que estaban con arresto domiciliario por orden del gobierno de Musharraf. Igualmente esperanzador es el hecho de que, desde que el nuevo gobierno asumiera el poder, ha cesado la horrenda seguidilla de bombazos suicidas.

Sin embargo, el periodo de luna de miel está llegando a su fin. Ya, en la ciudad natal de Gilani, Multan, ha habido disturbios con ataques a autoridades de gobierno y bancos para protestar contra los cortes de electricidad. Un par de bien conocidos políticos de oposición, un ministro en jefe y un ministro de gabinete federal del gobierno anterior pro-Musharraf fueron escarnecidos en público, generando dudas sobre el control del gobierno sobre las fuerzas policiales en el país.