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La esposa política sale del escenario

NUEVA YORK – El nuevo Presidente de Francia, François Hollande, no está casado con su pareja, la brillante periodista política Valerie Trierweiler, y a nadie parece importarle. El Presidente de Alemania, Joachim Gauck, no está casado con su pareja, la periodista Daniela Schadt, y a nadie parece importarle. Andrew Cuomo, Gobernador de Nueva York, no está casado con su pareja, la gurú de la vida doméstica Sandra Lee, y a nadie parece importarle. Se podría alargar fácilmente la lista.

¿Está la esposa política que idolatra a su marido –y forma parte tan importante del paisaje político, que tiene su propia iconografía, desde los trajes de chaqueta hasta la soñadora mirada dirigida hacia su marido, en las alturas– pasando a ser cosa del pasado?

Es cierto que, al menos en los Estados Unidos, aún puede causar alboroto el papel desempeñado por la esposa política. El Presidente Barack Obama puede haber experimentado su primer bajada profunda en las encuestas de opinión –y su primer desplome real entre las votantes– cuando una partidaria de su partido, Hilary Rosen, dijo que Ann Romney, la esposa del candidato presidencial republicano Mitt Romney, no había trabajado un solo día en su vida, pero la respuesta al comentario de Rosen subrayó que ya no tenía tanto predicamento el habitual examen detenido del pelo y la vestimenta, la profesión y la receta para hacer galletas de la esposa política.

Hace sólo veinte años que, durante la primera campaña presidencial de Bill Clinton, la carrera de su esposa –es decir, el hecho de que la tuviera– desencadenó un debate desorbitado e injurioso. Tuvo incluso que participar en una absurda competición sobre galletas, en la que se enfrentó a la Primera Dama, Barbara Bush, con su propia receta, a fin de satisfacer una tradicional exigencia cultural que aún persistía, pese a su decadencia, sobre el carácter doméstico de su papel.