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El mal personificado

COLLEGE STATION (TEXAS) La equiparación de la guerra con el mal individual se ha vuelto omnipresente –si no universal– en la política internacional contemporánea. Las guerras son luchas contra tiranos perversos y los gobiernos ilegítimos que éstos controlan. Semejante retórica permite justificar, reñir y apoyar las guerras más fácilmente, sobre todo a dirigentes democráticos que deben reaccionar directamente ante las oscilaciones de la opinión pública. Semejante lenguaje funciona igualmente bien en cualquier sociedad de la era actual, obsesionada con los medios de comunicación.

Así, pues, no es de extrañar que los dirigentes políticos personalicen constantemente los conflictos internacionales. Por desgracia, semejante lenguaje trillado hace que las guerras resulten más difíciles de evitar y de acabar e incluso más mortíferas.

La retórica del mal personificado resulta fácil de ver con ejemplos americanos, pero en modo alguno es un fenómeno exclusivamente americano. Los dirigentes chinos culpan a los dirigentes taiwaneses de las tensiones entre las dos orillas de su estrecho y al Dalai Lama de todo lo que aflige al Tíbet. Del mismo modo los participantes en protestas en todo el mundo hicieron que George W. Bush se pareciera a Hitler y los mulás de todo el mundo islámico lanzan arengas ritualistas contra los presidentes de los Estados Unidos, a los que consideran satanes terrenales, sin por ello dejar de indicar su profundo afecto al pueblo americano.

Por su parte, a dirigentes americanos recientes les resulta imposible desplegar una fuerza militar sin antes emplear semejante retórica como mantra y muleta. El ejemplo mas famoso se produjo en 1917. Woodrow Wilson, al pedir la declaración de guerra a Alemania, dijo: “No tenemos nada contra el pueblo alemán. Sólo sentimos compasión y amistad por  él. No fue él quien incitó a su Gobierno a que entrara en esta guerra”. Sólo el Káiser y sus perversos secuaces eran culpables.