woman walking eu flag Sean Gallup/Getty Images

La canícula europea

MADRID – Agosto es siempre un buen momento para hacer balance. Antes del inicio del nuevo “año escolar”, la calma de este mes ofrece un tiempo para reflexionar sobre el estado actual y el rumbo de los asuntos que nos ocupan. La UE y sus instituciones, “Bruselas”, no son excepción, en particular de cara a un año de transiciones. Y sorprende que la reflexión sobre desafíos y cambios venideros está orillando un aspecto crucial para el futuro de nuestro proyecto común en los próximos cinco años: quién ocupará la presidencia del Consejo Europeo.

La atención de Europa se centra en tres cuestiones que plantean una amenaza clara e inminente: el Brexit, las migraciones y el ascenso del nacionalismo que, en países como Polonia, impulsa una creciente resistencia a la UE y al Estado de Derecho. La forma en que se aborden estas cuestiones afectará al futuro y al funcionamiento de la UE. Especialmente el Brexit, cuyo resultado probable (pese al pesimismo con que se desarrollan las negociaciones), será un acuerdo de transición que permitirá a ambas partes “comprar tiempo” hasta arbitrar una solución permanente.

En cualquier caso, encarar estos y otros desafíos pasa por la toma de decisiones inteligentes y previsoras que deberán ser ejecutadas por los pilares de la UE: el Parlamento Europeo, la Comisión Europea y el Consejo. Pero, tras un quinquenio de fragmentación política nunca antes visto en Europa, el panorama es desalentador.

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