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La política de la pandemia

BERLÍN – El asteroide cayó en el planeta y de pronto todo cambió. Pero es invisible: se necesita un microscopio más que un telescopio para verlo.

Con el COVID-19, el mundo enfrenta varias crisis en una: la crisis sanitaria global ha gatillado crisis en la economía, la sociedad civil y la vida cotidiana. Está por verse si habrá como consecuencia inestabilidad política, ya sea al interior de los países o a nivel internacional. Pero es claro que la pandemia ha cambiado drásticamente la vida como la conocemos. Si bien es imposible predecir su final y sus consecuencias, sí se pueden prever ciertos cambios importantes.

La crisis no es solo compleja, de gran alcance y amenazante para los cimientos de las sociedades individuales y la economía global. Es también muchas veces más peligrosa y extensa que la crisis financiera de 2008. A diferencia de entonces, el coronavirus amenaza millones de vidas en todo el planeta y sus efectos no se centran en un solo sector de la economía.

La mayor parte de la actividad económica se está congelando en el mundo, dejando el escenario listo para una recesión global. Aparte de los fallecidos y la estabilidad de los sistemas de salud, la gran pregunta ahora es cuán grave será la desaceleración económica y las consecuencias permanentes que tendrá.

De manera similar, solo podemos especular sobre los efectos que tendrá sobre regiones ya frágiles, particularmente los campos de refugiados. Irán parece encaminado a una crisis humanitaria importante, en la que los más pobres y vulnerables serán los más afectados. Más allá de eso, todavía es muy temprano para cualquier evaluación remotamente realista de las consecuencias humanitarias del COVID-19.

Sin embargo, las experiencias pasadas indican que golpes importantes como este sí tienden a perturbar los sistemas políticos y las relaciones internacionales. En particular, las democracias occidentales pueden ver cuestionada su forma de gobierno. Es posible que los principios de derechos humanos se contrapongan a imperativos económicos. La pandemia invita además a un conflicto generacional entre jóvenes y mayores, y entre autoritarismo y democracia liberal.

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Y, aun así, es posible un escenario alternativo en el que la crisis del COVID-19 permita el ascenso de una nueva solidaridad. No olvidemos que un terremoto y tsunami en el Océano Índico en diciembre de 2004 creó las condiciones para poner fin a la guerra civil en Aceh, Sumatra del Norte.

En el corto plazo, los países más afectados por la pandemia se convertirán en economías de crisis: los gobiernos emprenderán enormes niveles de gasto y otras medidas no convencionales para evitar un colapso total. Queda por verse la efectividad de tales medidas, pero es evidente que la relación entre la economía y el estado sufrirán un cambio fundamental.

En un claro desvío de las políticas predominantes en las últimas décadas, ya estamos siendo testigos de un retorno a un estado con amplias prerrogativas (el llamado “gran gobierno”). Todos miran al estado para que inyecte enormes sumas de dinero a la economía y rescate (o estatice) compañías y sectores en peligro que se consideren esenciales.  La escala masiva de intervención estatal tendrá que ir reduciéndose una vez la crisis haya pasado, pero cómo hacerlo será un tema de debate. Idealmente, los gobiernos transferirán los ingresos generados por la reprivatización a un fondo de riqueza soberana, dándole al público una parte de la liquidación post-crisis.

Hasta entonces, se esperará que el “gran gobierno” (sea en la forma de la Comisión Europea o las autoridades nacionales) se vaya preparando para el próximo desastre. En vez de cogernos completamente desprevenidos, será necesario asegurar la provisión de insumos médicos esenciales, equipos de protección personal, desinfectantes, capacidad de laboratorio adecuada y unidades de cuidados intensivos, entre otros.

Pero eso no es todo. La estabilidad, eficiencia, capacidad y costes de los sistemas actuales de atención de salud seguirán siendo un asunto prominente. La crisis del COVID-19 ha demostrado que no es verdaderamente posible privatizar la salud. De hecho, la salud pública es un bien común básico y un factor crucial para la seguridad estratégica.

También habrá una mayor y más constante atención al sector farmacéutico, en especial para la provisión nacional de medicamentos cruciales y el desarrollo de otros nuevos. Muchos países ya no estarán dispuestos a depender de cadenas de suministro internacionales que se puedan interrumpir fácilmente en una emergencia.

Con esto no quiero sugerir que la economía de mercado llegará a su fin. Pero es esencial que el estado se plante de igual a igual ante la comunidad empresarial, al menos cuando se trata de temas estratégicos. Por ejemplo, la crisis impulsará una importante reforma a la soberanía digital en Europa. Su modelo no será el de la China autoritaria, sino el de la Corea del Sur democrática, que ha logrado estar a la delantera en el ámbito digital.

Sin embargo, hasta ahora la UE no ha desempeñado un papel prominente en la respuesta global al COVID-19, lo cual no debe sorprender: en las crisis que amenazan la propia existencia, la gente tiende a volverse hacia lo que conocen mejor, y lo que conocen mejor es el estado nación. Pero si bien las estados-nación de Europa pueden desempeñar un papel de gestión inmediata de la crisis, no pueden solucionarla.

Después de todo, el mercado único, la moneda conjunta y el Banco Central Europeo son los únicos mecanismos que pueden prevenir un colapso económico y hacer posible una eventual recuperación en Europa. Es probable que la crisis del CIVID-19 obligue a los europeos a acercarse cada vez más en una actitud de solidaridad incluso más profunda.

¿Cuál es la alternativa? ¿Un regreso al mundo donde cada uno se defiende por sí mismo? Para los gobiernos de los estados miembros de la UE eso equivaldría a un suicidio político y económico.

La pandemia del COVID-19 es la primera crisis del siglo veintiuno que afecta verdaderamente a toda la humanidad. Pero le seguirán otras crisis, y no en la forma de un virus. De hecho, si miramos hacia adelante, la crisis que estamos viviendo es un anuncio de la que padeceremos si no enfrentamos el cambio climático.

La única forma de enfrentar las amenazas generalizadas a la humanidad es mediante una mayor cooperación y coordinación entre gobiernos e instituciones multilaterales. Por nombrar solo una, la Organización Mundial de la Salud –y las Naciones Unidas en términos más amplios- se deben fortalecer al máximo. El COVID-19 es un recordatorio de que somos ocho mil millones de seres humanos viajando en un mismo barco.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

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