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Europa ante la realidad

BERLÍN – Hasta hace unas semanas, los europeos creían vivir en una especie de santuario, aislados de los conflictos actuales del mundo. Las noticias e imágenes de migrantes ahogados eran ciertamente espantosas, pero la tragedia que se desarrollaba al sur de Italia, Grecia y Malta parecía muy lejana.

Más lejana incluso parecía la brutal guerra civil que ya hace años devasta Siria. Su presidente Bashar al‑Assad llegó a emplear gas venenoso y, más tarde, bombas de barril llenas de clavos y fragmentos metálicos contra la población rebelde. Y a los que escapaban de sus esbirros les aguardaba el terror de Estado Islámico. Cientos de miles murieron asesinados, millones de sirios huyeron; la mayoría para vivir durante años en campos de refugiados en Jordania, Líbano o Turquía, en condiciones deplorables y sin esperanzas de mejora.

Así que en algún momento del verano [boreal], desaparecido el último atisbo de esperanza de volver a Siria y ya sin una alternativa realista a Assad y a Estado Islámico, estas personas pusieron rumbo a una Europa que parecía prometer un futuro de paz, libertad y seguridad. Vinieron a ella por Turquía, Grecia y los estados balcánicos, o a través del Mediterráneo para escapar de un caos similar en Eritrea, Libia, Somalia y Sudán.

En agosto, miles de refugiados quedaron días enteros varados en la estación Keleti de Budapest, cuando el gobierno controversial e incompetente de Hungría permitió deliberadamente que la situación se agravara. Al fin, miles de hombres, mujeres y niños (incluso ancianos y discapacitados) se lanzaron a buscar a pie la frontera con Austria. Fue entonces que Europa, testigo de un éxodo de proporciones bíblicas, no pudo seguir ignorando los retos y las consecuencias de las crisis en su vecindario. El continente quedó frente a frente con las duras realidades a las que antes parecía inmune.