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¿Dar palo la los inmigrantes hace que se ganen votos a favor de la izquierda?

LONDRES – ¿Es una posición de línea dura sobre la inmigración la clave del éxito electoral para la asediada centroizquierda de Europa? Los socialdemócratas de Dinamarca ciertamente lo creen. Ocuparon el primer lugar en unos comicios generales celebrados este mes, tras argumentar que los inmigrantes son una amenaza para la cohesión social del país y el generoso Estado de bienestar. El Partido Popular Danés de extrema derecha, cuya línea reflejaba ese mensaje, sufrió importantes pérdidas de votos.

Los partidos de centroizquierda, sin duda, necesitan reforzar su atractivo. En las Elecciones al Parlamento Europeo del mes pasado, su porcentaje de votos cayó a nuevos niveles mínimos en Alemania, Francia, Italia y Gran Bretaña; terminaron primero en sólo cinco de los 28 Estados miembros de la Unión Europea. Y, si bien los partidos de centroderecha también languidecen en el ámbito político cada vez más polarizado y fragmentado de Europa, esto no los ha marcado tanto como a los partidos de centroizquierda.

Pero a pesar de la victoria de los socialdemócratas daneses, oponerse a la inmigración no es la respuesta. Aunque algunos votantes han abandonado a los partidos de centroizquierda por unirse a los populistas que culpan a los inmigrantes por todo, ningún progresista que se precie debería imitar a la extrema derecha. Dejando a un lado los principios, tal estrategia, de manera general, será contraproducente.

Siempre ha habido una tensión en el centro de la coalición socialdemócrata de Europa. Mientras que sus partidarios de la clase trabajadora tienden a favorecer las políticas igualitarias por interés propio, sus partidarios de la clase media lo hacen por una creencia basada en principios de equidad económica (o al menos como un medio para señalar esa virtud). La inmigración atraviesa esa división. Los recién llegados suelen ser pobres, necesitados y no blancos. Mientras que los igualitarios con principios de todas las clases quieren ayudarlos, muchos votantes de la clase trabajadora los ven como una amenaza; ellos sienten que sus propias necesidades deberían anteponerse a las del resto.

En los buenos tiempos, abundante asistencia social disimuló este problema. Pero en una era de crecimiento lento, cuando las demandas de una población que envejece están presionando a los contribuyentes sobrecargados, las luchas distributivas se han tornado en más relevante. Para empeorar las cosas, el aumento de la inseguridad económica ha llevado a muchos votantes de la clase trabajadora a acentuar más su identidad étnica.

Estos sucesos están obligando a los socialdemócratas a enfrentar una pregunta que preferirían amablemente esquivar. ¿Es su propósito principal representar a la clase trabajadora o promover la justicia social de manera más amplia? ¿Deberían ser liberales con respecto a la inmigración por razones igualitarias o deberían ser iliberales por deferencia con los votantes de la clase trabajadora?

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Los conservadores sociales izquierdistas favorecen esta última opción, argumentando que los progresistas liberales que defienden la diversidad cultural socavan la solidaridad social; y, por lo tanto el Estado de bienestar, que todos los socialdemócratas aprecian. El argumento es seductor; pero, también es erróneo.

Para empezar, hay poca evidencia sobre que la diversidad cultural, en los hechos, socave la solidaridad en general, y mucho menos el Estado de bienestar. Ciudades muy diversas, tales como Londres y Berlín, son confiablemente progresistas, mientras que las homogéneas zonas rurales suelen ser más conservadoras. A pesar de que Robert D. Putnam de la Universidad de Harvard muestra que muchos estadounidenses blancos se oponen a las políticas redistributivas que benefician a los negros, este hallazgo no se ha replicado en Europa. Además, incluso en lugares donde la solidaridad realmente se resquebraja, los europeos aún quieren que el Estado de bienestar los asegure contra riesgos tales como la enfermedad.

De lejos, los trabajadores jóvenes recién llegados, en vez de amenazar a los generosos Estados de bienestar de Europa cuyas poblaciones están envejeciendo, son necesarios para sostener a dichos Estados. En lugar de arremeter contra los inmigrantes, los políticos progresistas necesitan abordar la percepción corrosiva sobre que algunas personas están abusando del sistema.

De hecho, la decreciente popularidad de los socialdemócratas tiene poco que ver con la inmigración. Su base compuesta por personas de clase trabajadora se ha reducido debido a que los empleos en manufactura han desaparecido y los sindicatos han declinado. Peor aún, muchos votantes de la clase trabajadora se han visto muy afectados por las reformas al mercado laboral y relativas a la asistencia social de los propios gobiernos de centroizquierda. Y, después de rescatar a los bancos, los socialdemócratas no ofrecieron una alternativa real a las políticas de austeridad posteriores a la crisis. No es de extrañar que ahora se encuentren en el extremo receptor de la ira existente hoy en contra la clase política dirigente.

A la par, las distinciones de clase se han difuminado y los progresistas de clase media han adquirido mayor impulso respecto a temas, como por ejemplo, el cambio climático. Ya que la política europea está cada vez más polarizada entre los internacionalistas de mente abierta y los nacionalistas de mente cerrada, la socialdemocracia tradicional parece tornarse cada vez en más irrelevante.

Como muestran las elecciones recientes, la base socialdemócrata tradicional está ahora dispersa. Algunos votantes se han desplazado hacia la extrema derecha o hacia la izquierda radical. Otros ya no votan. Otros (en particular, profesionales y liberales sociales) se han dirigido a los Verdes o a partidos como ¡La República en marcha! del presidente francés Emmanuel Macron.

Por lo tanto, incluso si una sacudida hacia la extrema derecha recuperara a algunos votantes socialdemócratas, también aceleraría la pérdida de votos en otros sectores. En Dinamarca, la participación de los socialdemócratas en la votación fue en realidad ligeramente inferior a la de hace cuatro años; los beneficios reales fueron para varios partidos liberales, socialistas y socialistas liberales. Y, cuando se da legitimidad al populismo, una postura que es antiinmigrante, se incentiva a que las personas voten la próxima vez por las verdaderas posturas populistas.

Los días en que los partidos que representaban al “capital” y a los “trabajadores” dominaban la política europea han terminado. Incluso en España, Suecia y otros países donde aún queda el centro, su apoyo es menor que hace una década. Pero, los partidos de centroizquierda podrían prosperar una vez más si evitan seguir la agenda de la extrema derecha.

Una opción es simplemente esperar a que gire el ciclo electoral. Esto parece haber funcionado para el Partido Laborista Holandés (PvdA), que se ha recuperado ahora que está en oposición. Los socialdemócratas de Alemania (SPD) pueden, a futuro, optar por hacer lo mismo, al renunciar a la gran coalición de larga data del país. Otra opción es trazar una alternativa de izquierda viable, como lo han hecho los socialistas de Portugal, o buscar una causa común en conjunto con los liberales sociales y los Verdes, tal como Macron ha hecho en Francia.

En cualquier caso, los progresistas deben ofrecer una visión audaz para garantizar tanto el dinamismo económico como la justicia social en una época de disturbios tecnológicos y cambio climático. Deben brindar, a su vez, oportunidades y seguridad a quienes se sienten amenazados por el cambio económico. Y, sobre todo, deben rechazar el nativismo divisorio y la nostalgia fuera de lugar, y en vez de ello, deben tratar de unir a los votantes en torno a una visión progresista e inclusiva con miras al futuro.

Traducción del inglés: Rocío L. Barrientos

https://prosyn.org/zGp0jpl/es;

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