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Hacia una autonomía europea estratégica

BERLÍN – ¿Cómo, y hasta qué grado, puede Europa depender de sí misma para garantizar su bienestar, seguridad e influencia internacional? Los cambios de poder globales, las incertidumbres geopolíticas y las dudas sobre la fiabilidad de los Estados Unidos como aliado han dado un nuevo sentido de urgencia a este debate. Su resultado será crucial para el futuro de Europa.

Hasta ahora, gran parte de la discusión ha girado alrededor de términos diferentes. Las instituciones de la Unión Europea, al igual que Alemania, tienden a preferir “autonomía estratégica”, mientras Francia usa el concepto de “soberanía europea”. Pero ambos conceptos a menudo se usan de manera intercambiable, y rara vez se definen con precisión.

Como un esfuerzo de clarificación, hace poco yo y mis colegas propusimos una definición operativa de “autonomía estratégica europea”. Asimismo, analizamos los obstáculos, dificultades y conflictos probables en caso de que las autoridades alemanas y europeas decidan buscar la realización de este objetivo.

Entendemos como autonomía estratégica la capacidad de fijar las prioridades propias y tomar decisiones propias en asuntos de seguridad y política exterior, junto con los medios institucionales, políticos y materiales para hacer realidad estas opciones, ya sea en cooperación con terceros o por cuenta propia, de ser necesario. Los actores estratégicamente autónomos pueden definir y/o hacer cumplir reglas internacionales, en lugar de estar sujetos a las decisiones de otras potencias. En el mundo actual, incluso estados miembros de la UE de gran tamaño, como Alemania y Francia, pueden lograr tal autonomía solo en concierto con sus socios europeos.

En contraste con definiciones más estrechas, nuestro concepto de autonomía estratégica cubre todo el espectro de políticas de seguridad y asuntos exteriores. Además de defensa, incluye el fortalecimiento económico, el gobierno financiero, la diplomacia, la inteligencia y el manejo de conflictos civiles. Todos ellos son factores que ayudan a determinar las vulnerabilidades y preparación para conflictos de Europa, no en menor medida en la defensa del orden internacional basado en reglas que tan vital resulta para la UE y sus miembros.

La autonomía siempre es relativa, no absoluta. Es un medio de protección y promoción de los valores e intereses propios, no un fin en sí mismo. Tampoco implica autarquía, aislamiento o rechazo a las alianzas. En Europa, los socios son esenciales. Para Alemania, principalmente son los otros países de la UE, así como otros miembros europeos de la OTAN. La UE ya ofrece un marco de acción estable y permanente, lo cual es una precondición indispensable para una autonomía estratégica de largo plazo. Pero sus miembros deben apuntar a una autonomía estratégica europea, más que una autonomía estratégica de la UE.

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Estados Unidos seguirá siendo el aliado y socio exterior más importante de Europa. Las tareas trasatlánticas comunes deben seguir siendo cómo abordar el ascenso de China y enfrentar los retos por parte de Rusia y otras potencias al orden basado en reglas. Pero Europa ya no puede confiar ciegamente en EE.UU. para garantizar su propia seguridad y la estabilidad de su entorno geoestratégico inmediato. Un mayor gasto europeo en el sector de la defensa ha sido una exigencia no solo de la administración del Presidente estadounidense Donald Trump, sino de todos los gobiernos estadounidenses desde el fin de la Guerra Fría.

Europa ya disfruta de varios niveles de autonomía estratégica. En el ámbito del comercio, la UE ya tiene los medios y la voluntad de ejercer influencia internacional. Pero en lo militar, la brecha entre sus ambiciones y la realidad es amplia y profunda.

En el futuro previsible no se puede concebir una autonomía europea completa. La defensa colectiva seguirá dependiendo de la OTAN, y Europa no desea desvincularse de Estados Unidos y su protección estratégica. En lugar de ello, debería buscar una autonomía mayor pero limitada que le permita asumir de manera independiente tareas de solución de conflictos y gestión de crisis desafiantes.

La UE necesita además mejorar su capacidad de defender el territorio y la integridad de sus estados miembros, en particular lo que no están en la OTAN, lo que incluye defensa contra ataques híbridos o terroristas que no activan la acción inmediata de la Alianza como un todo. Para hacerlo, es necesario que la UE y la OTAN colaboren entre sí en vez de enfrentarse. Asimismo, el Reino Unido resultante del Brexit deberá mantenerse estrechamente asociado a la Política Común de Seguridad y Defensa de la UE.

Estos retos se podrían abordar reforzando el pilar europeo de la OTAN: en lo militar, mediante capacidades mayores y más eficaces, y en lo político como un formato en el que los miembros europeos de la OTAN preparen decisiones de la Alianza. Además de mejorar la preparación general de Europa para la acción, esto podría convertirla en un socio más atractivo para Estados Unidos y ayudar a desarrollar una relación más simétrica con esta potencia.

Para lograr incluso de este grado limitado y claramente definido de autonomía estratégica europea serán necesarias mejoras en las capacidades militares y la interoperabilidad de las fuerzas armadas europeas. Y hasta que los países europeos puedan consolidar más sus capacidades de producción y ponerse de acuerdo en criterios comunes de exportación, la autonomía estratégica en el sector de la defensa seguirá siendo un objetivo distante.

Las mejores cartas de Europa para lograr la autonomía estratégica son su solidez económica y su mercado único. En temas de regulación, comercio, competencia y protección de datos, la UE ya se percibe internacionalmente como un actor estratégico. Para sus estados miembros, la UE es el marco para la defensa y conservación de la competitividad de Europa.

Sin embargo, la UE estaría mucho más preparada para enfrentar conflictos si ampliara el papel del euro como moneda de reserva mundial. Para estabilizar la eurozona en el largo plazo, Alemania y Francia tendrán que llegar a acuerdos sobre temas como una responsabilidad común en la unión bancaria de la UE, la introducción de estabilizadores fiscales automáticos y el ajuste del modelo económico alemán, que pone un fuerte acento en las exportaciones.

Lejos de ser un concepto abstracto, la autonomía estratégica europea tiene enormes implicaciones prácticas. Hacer realidad este objetivo hará de Europa un continente más próspero y seguro en un mundo que cambia velozmente.

Traducido del inglés por David Meléndez Tormen

http://prosyn.org/LUS2L1I/es;

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