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Ucrania, pieza clave de Europa

BERLÍN – Se dice que las revoluciones casi siempre devoran a sus hijos. Evidentemente, también es así en el caso de las “revoluciones de colores”; primero en Georgia y ahora en Ucrania, donde el presidente Viktor Yushchenko, el héroe de la “revolución anaranjada” de 2004, fue eliminado en la primera vuelta de las elecciones presidenciales hace unas semanas, por haber recibido menos del 6 por ciento de los votos.

A esas alturas, la primavera de libertad de Ucrania ya se había deteriorado y había llegado a un atolladero muy visible, debido a una mezcla de incompetencia y corrupción que requería un cambio clamorosamente. Independientemente de cuál de los candidatos restantes sea elegido en la próxima segunda vuelta –la actual Primera Ministra, Yuliya Timoshenko, o Viktor Yanukovich– la “revolución anaranjada” habrá llegado a su fin.

Así, pues, vale la pena volver la vista atrás, a las esperanzas unidas a aquellos maravillosos días y noches cargados de futuro en la plaza Maidan, en el centro de Kiev, y a la victoria electoral de Yushchenko. Fue una victoria de la democracia y de la independencia sobre el fraude electoral y el poder desnudo.

Pero lo que sucedió en el invierno de 2004-2005 no tuvo que ver sólo con el derecho democrático del pueblo ucraniano a la libre determinación y su independencia nacional, sino también con el futuro del orden europeo resultante del fin de la Guerra Fría. En aquel momento, Europa entendió inmediatamente la amenaza y reaccionó de forma eficaz. Hubo que repetir las elecciones y ganó la democracia.