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La prueba de Europa en África del Norte

LONDRES - La reacción de Europa ante las históricas revoluciones en el norte de África ha vacilado entre la euforia y el miedo. El instinto natural de celebrar y apoyar la democratización en todo el Mediterráneo se ha visto atemperado por la preocupación de que la crisis se derrame sobre las costas europeas.

Algunos gobernantes han sacado a relucir el Plan Marshall, aplicado tras la Segunda Guerra Mundial, como modelo para la ayuda europea al desarrollo a gran escala en la región, con el fin de garantizar la sostenibilidad de una transformación democrática y generar beneficios políticos y económicos de largo plazo para Europa. Pero la reacción general ha sido mucho más temerosa: en toda la Unión Europea, los medios de comunicación y los políticos se muestran obsesionados por la amenaza de olas de migrantes llegando a sus fronteras.

Esta amenaza no debe tomarse a la ligera. La controversia sobre los inmigrantes tunecinos en Italia ya ha comenzado a debilitar los fundamentos políticos que permiten la libre circulación en el espacio Schengen. La guerra en Libia, por su parte, podría provocar que muchos más miles de civiles huyan de la violencia y necesiten protección internacional.

Hasta el momento, cerca de 400.000 personas han repletado los campos de refugiados en Túnez y Egipto, y se estima que 20.000 han llegado a las costas de Italia. Para hacer frente a un aumento de los solicitantes de asilo se requerirá que la UE refuerce su capacidad de ofrecer protección temporal y posiblemente reconsidere el modo como funciona su sistema general de asilo. En este respecto será de ayuda el hecho de que la Unión ha estado dando pasos hacia un enfoque común para la seguridad fronteriza, cuya expresión más visible es la ampliación de la agencia de fronteras, Frontex.